Subida a Marte: el volcán Agung

Domingo 18, Lunes 19 de Octubre 2015

Paseando por Ubud (Bali, Indonesia) puedes ver mil anuncios en los puestos turísticos y comentarios en las guías sobre lo mismo: qué bonita es la subida al volcán Batur, 1.717 metros, un lago que lo baña, una puesta de sol increíble… ¿Vamos?, pregunto con ganas de montañear un poco, pero Jordi había puesto su vista en otro punto. ¨Mira ese otro volcán que esta un poco más para allá…¨, me contesta ojeando el mapa de la isla. Hum! Vaya que si lo veo!

Del Monte Agung se cuentan muchas historias. 3.142 metros de roca y lava lo convierten en la cima más alta de la Bali y en uno de los montes más venerados y temidos de toda la isla. Venerado porque se cree que se trata de un fragmento del sagrado Monte Meru, el metafísico centro del universo para los hindús, que fue traído a Indonesia por los primeros hindús (cabe recordar que aunque el país es de mayoría musulmana, al menos el 75% de los balineses siguen la religión hinduísta), y temido porque entró en erupción por última vez en 1964 y causó durante un periodo de más o menos un año casi 2.000 muertos y múltiples destrozos en el este. Por este tipo de razones, los habitantes de la isla ofrecen desde tiempos inmemoriales ceremonias al monte para tenerlo calmado… y nosotros les estamos muy agradecidos por ello!

Así que allá vamos, respiro hondo, salimos de cenar y me convenzo. A las 12 de la noche nos espera un coche en el sitio indicado y tras dos horas de trayecto llegamos a las faldas del Agung. ¡Qué nervios y qué frío! Por primera vez desde que llegué en Indonesia hace una semana que en vez de sudar a chorros se me congelan las manos… y eso que todavía estábamos en el parking! Entre la oscuridad impenetrable, esa que lo cubre todo y no deja ver a dos pasos por delante de ti, se divisaban dos o tres grupitos de gente esperando a sus guías. Cuando al fin llegó el nuestro (que apareció el último y con cara de sueño) emprendimos esa subida.

12171760_10207729328382378_186106071_o

Linterna en marcha, Agung nos recibe con 305 escalones de paso ancho (según mis cuentas) que desembocan en un templo local . En aquél momento yo ya estaba muerta, pero el guía, llamado algo así como Kadek y que a penas hablaba inglés, sabía que íbamos los últimos y había que acelerar la marcha si queríamos llegar a la cima a ver el sol. Senderos de arena resbaladizas y raíces fuertes y finas se entrelazaban bajo nuestros pies con una inclinación que en ese momento no se me podía antojar más vertical… El camino era estrecho y la linterna que llevábamos en la cabeza alcanzaba para ver dónde poner los pies, íbamos rápidamente por aquellas cuestas. La tierra resbalaba bajo nuestros pies formando polvaredas de cacao molido y costaba bastante andar.  Le pregunté a Kadek si todo el mundo que emprendría la ruta llegaba a la cima, pero para bien o para mal,  no me entendió.

Proseguimos. Conseguimos adelantar a un par de grupitos y porfin ponernos a un paso normal… un poco más lento. Para aquel momento ya íbamos abandonando el sendero de tierra y la textura del camino se volvía de piedra. Los árboles empezaban a desaparecer y de repente, como si viniera de la nada, un viento infame comenzó a azotar el ascenso. Todavía era de noche y llevábamos una hora y media de travesía, un poquito menos de la mitad. El frío se volvía más intenso e hicimos un descando para tomar un café caliente… Coffee bro? Please! Vaya, eso sí lo sabe decir.

El camino, lejos de relajarse, se volvía cada vez más rocoso y tan inclinado que yo no podía andar sin cogerme de las piedras con las manos. Encontramos un cartel. Ya habíamos pasado los 2.000 metros. Con un poco más de motivación reemprendimos la marcha. Nos habíamos juntado con otra pareja y un grupo de franceses con sus respectivos guías. Seguíamos subiendo cuando empezó a aparecer una densa capa de nubes que mojaba las rocas y nos humedecía la ropa y el pelo. Penetrábamos en la neblina gris. Junto con el viento y el terreno escarpado que sólo intuía y no podía ver, aquél lugar en el sitio más angosto en el que había estado jamás. Menuda sensación, pensé, me sentía dentro de una expedición televisiva.

Ayudada de manos y pies y con el único sonido de fondo que el silbido del viento y los cantos improvisados que los guías rezaban en balinés, íbamos alcanzando la cima. Quizás rezaban a alguno de sus dioses para que el viento, que hacía tambalear nuestros pasos hasta casi precipitarnos al vacío, nos dejara llegar a salvo, que ya no en paz…

Paramos en un hueco para resguardarnos y nos informaron de que sólo quedaban diez minutos para alcanzar la cúspide. Nos acurrucamos todos juntos, muy juntitos para entrar en calor. En aquél momento frío y fraternal, sentí que todo parecía posible menos el alba… Menos la aparición de Matahari, la palabra que utilizan en Bahasa Indonesio para referirse al sol. Y así fue exactamente como ocurrió.

Diez minutos más de escalada y llegamos…

12177415_10207729331302451_123536627_o  12177135_10207729330342427_314683058_o12177194_10207729328262375_1325219010_o

La luz empezaba a bañar las rocas pero no de forma limpia y luminosa sino a través de un polvo rojizo y espeso que llevaba mis pensamientos directos hasta Marte. Allí estábamos, en el punto más alto de aquél volcán. Un pequeño altar decoraba el techo de Bali con unas estatuas doradas de dioses que hacían del espurio lugar una experiencia mística, volátil, inverosímil. Los guías encendieron un fuego y aunque no salió el sol, el viento quemaba de frío y nos quedamos sin ver las vistas desde lo alto, aquellas llamas se me antojaron el astro más bonito que había visto. Desde luego, no podía haber en mi imaginación un escenario que se le pareciera más a un volcán que aquél mismo.

12171825_10207729330742437_963089446_o

12170926_10207729329222399_535472254_o 12170803_10207729330062420_462273483_o
Bajamos y la luz nos dejaba ver más allá del camino. Cuando me quise dar cuenta la arena resbalaba de nuevo bajo mis suelas como si quisiera deslizarme hacía la falda de un golpe. Como un escenario de teatro se despertó ante nosotros un paisaje de postal. Habíamos descendido ya más de media montaña, y volvíamos a situarnos por debajo del nivel de las nubes. El sol, las montañas y el mar cubierto de nubes aparecieron por arte de magia y ante esta estampa, cuando quise volver en mi, ya teníamos de nuevo el templo a nuestras espaldas. Y por fin, en ese momento, pudimos ver  por primera vez el gigante de roca que nos acababa de escupir.

12171815_10207729328702386_1493811311_o

12170003_10207729329822414_966384478_o
Una sensación de aventura y felicidad se apoderó de mí,  porque el límite, me dije, no está más que en uno mismo.

Advertisements

One thought on “Subida a Marte: el volcán Agung

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s