Arde Borneo

Para el pueblo Murut de Kalimantan este, el bosque es la madre de todas las cosas, ellos son sus hijos y el río conecta todas las formas de vida. Del bosque depende su identidad y a su vez, la identidad del bosque depende de cada una de esas vidas que alberga. El pueblo Dayak de la misma provincia cuenta historias sobre el poder de la selva y la importancia de cada pequeño animal que la habita. Todas tienen la misma moraleja: no usar la capacidad humana para explotar la naturaleza, o esa misma acción se volverá contra ti. Pues bien, todas estas historias, así como la esencia de estos pueblos, llevan décadas esfumándose como el humo y, algún día, el fuego corroerá cada una de sus sílabas y almas. Pues cada ocho meses Borneo, la selva más antigua del planeta, arde en llamas.

Con un poco más de frecuencia, cualquier María o Fernando o Raquel usa un acondicionador cualquiera para cuidar la salud de su pelo, cientos de sartenes en el mundo calientan el aceite vegetal que crepita listo para freír el alimento típico de la región y miles de personas se protegen del sol con una crema solar de factor nosecuántos. Detrás de todas estas acciones se esconde lo mismo que tras las fuegos de Borneo, el aceite de palma.

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Hectáreas y hectáreas de bosque virgen en Malasia e Indonesia (Kalimantan y Sumatra) quedan en manos de grandes compañías de aceite de palma o pulpa de papel que necesitan despejar los árboles para poder plantar sus respectivas palmeras o acacias. Para ello, escogen la estación seca y la vía rápida, el fuego. Cuando coincide con el fenómeno atmosférico de El Niño, como pasó en 2006 y ha vuelto a suceder este año 2015, los fuegos se propagan incontroladamente porque los meses sin lluvia suman demasiados y el agua escasea. Esto, junto con otros factores como el tipo de tierra de la isla (en inglés peatland, un suelo denso de muchos metros de espesura que provoca que los fuegos pervivan debajo de los árboles y se esparzan con rápidez sin ser vistos), tiene como consecuencia que no sólo se quemen las hectáreas deseadas sino también zonas protegidas como el parque nacional de Tanjung Puting, que en 2006 perdió 35.000 hectáreas y este año unas 91.000, el equivalente a 91 campos de fútbol. Una visita al centro de reforestación del parque evidencia los esfuerzos para su recuperación, que se ven truncados año tras año. “ Las 30.000 hectáreas reforestadas en 2006, han vuelto a quemarse este año, justo ahora que el bosque empezaba a recuperarse un poco”, nos cuenta el único trabajador que guarda la zona.

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En teoría, según nos explica Arif Setyo Nugroho, biólogo indonesio experto en la selva de Borneo, las compañías tienen prohibido quemar el suelo, pero, como decimos en España, hecha la ley, hecha la trampa. En Indonesia en particular la tierra es propiedad del gobierno. Las empresas que lo requieren tramitan una petición de “uso para plantación X” que es aprobado por el Ministerio de Bosques para unos años determinados. Arif nos cuenta que normalmente las licencias se gestionan a través de las autoridades locales, que según parece aceptan grandes sumas de dinero a cambio de la concesión y aceleran el proceso. Según la ley actual, reforzada varias veces por las quejas de ONG y países vecinos, una sola compañía “solo“ puede “usar“ un máximo de 6.000 hectáreas, de las cuáles puede ceder un 10% a los ciudadanos locales, que probablemente estaban usando esa tierra de uno u otro modo. Las compañías incluyen esta acción dentro de los dogmas de las Responsabilidad Social Corporativa, apuntándose puntos positivos para ser calificados como responsables y a la vez, aprovechando los beneficios de los que gozan los locales, que sí pueden abrir el bosque usando el fuego de manera legal. Si las compañías lo hacen, pueden perder su licencia y enfrentarse a años de cárcel y multas. Así que cede el suelo, las semillas, el fertilizante, etc., a cambio de que los locales cultiven las palmeras y les vendan a ellos mismos el producto.

Esta acción de “cooperación con las comunidades locales” se traduce en que las empresas usan la vía legal para quemar todas sus hectáreas, ahorrándose así la maquinaria y el personal que supone borrar el bosque del mapa y dejando el fuego sucio en manos de los locales, que tramitan las peticiones y a la vez convierten el 10% de quema legal en un desastre natural sin responsables directos, con una magnitud mucho mayor a lo permitido. “Para la gente pobre del interior, este negocio es una fuente de ingresos, así que no se plantean si es correcto o no porque la necesidad apremia…”, explica Arif surcando el río que atraviesa el espacio de selva aún protegido de la isla. Así que las empresas usan a los locales para quemar la tierra, justo cuándo las condiciones son idóneas para que se propague el fuego y además se apropian más tarde de terrenos quemados que no estaban en el pastel inicial. Y además presumen de trabajar en cooperación con las comunidades locales. El plan perfecto.

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“Las consecuencias de esta práctica”, asegura, “son aterradoras”. Y no sólo por el desastre medioambiental que supone terminar literalmente con los pulmones del planeta, sino por las pérdidas humanas a corto y a largo plazo. El humo de los fuegos provoca una espesa neblina tóxica, que aquí llaman The Haze, y cubre parte de Indonesia, Singapur y Malasia durante tres meses cada año, haciendo prácticamente imposible la visión y la respiración. En la localidad de Riau en Sumatra, por ejemplo, se alcanzó este año el tope de 984 en el índice de polución, cuándo a partir de 200 empieza a considerarse nocivo para la salud. El periódico local Jakarta Post estima que sólo este año más de 500.000 personas de 6 provincias diferentes han sufrido infecciones respiratorias, 19 personas han muerto en Sumatra y Kalimantan y según cálculos de Greenpeace el total de muertes en el sureste asiático asciende a 110.000 de Julio a Octubre. Casi una por cada fuego iniciado en Indonesia, pues la cifra estimada es de 100.000 fuegos distintos. Todo esto, junto con los desplazamientos de pueblos gravemente afectados por la polución y de comunidades de orangutanes que ven como su casa y medio de vida arde ante sus ojos.

Arif hace hincapié en que el problema no son sólo los fuegos: “la cuestión va más allá, el problema principal son las plantaciones masivas de palmeras no autóctonas, como las que se usan para el aceite de palma”. Explica y argumenta que, en primer lugar, dichas plantaciones están convirtiendo la isla es un macro mono-cultivo muy perjudicial para la biodiversidad y la alimentación de las comunidades locales, que dejan de cultivar alimentos de consumo inmediato y dejan su alimentación en manos de las grandes compañías y el sueldo que perciben. Un viaje en autobús de punta sur a punta norte de la provincia de Kalimantan es suficiente para comprobar como las palmeras devoran la isla a la velocidad del rayo, cubriendo a izquierda y derecha de las ventanillas cada parcela del bosque que, antaño, solía llenar el lugar. El bosque más antiguo de nuestro planeta.

En segundo lugar, Arif explica que el uso de pesticidas fuertes para permitir la supervivencia de una especie no local, provoca que químicos muy fuertes como el glisofato de sodio (principal compuesto de estos pesticidas prohibido en algunos países de la Unión Europea) se viertan a los ríos y contaminen un agua de la que se nutren todos los animales de la región. “Los peces se envenenan, los orangutanes enferman, los jabalíes mueren…”, lamenta Arif, que insiste en que es la propia práctica del cultivo la que provoca consecuencias más allá de los fuegos.

En último lugar, acentúa la cantidad de agua que necesita la palma para crecer, pues es un cultivo rápido. “Esto me preocupa”, expresa Arif, “porque si cubrimos toda la isla de palmeras significa que todo se secará y habrá grandes sequías… Tanto por las consecuencias del monocultivo, como por la desaparición del bosque y el peatland que mantienen las condiciones para que llueva, etc… “. Para ejemplificar esta deforestación, utiliza el ejemplo de Sumatra y asegura que de 8,8 hectáreas de peatland que existen en la región, en 1985 el 85% estaban cubiertas de bosque, mientras que en 2014, sólo el 19%. “Se ha pasado de 75 millones de hectáreas de bosque a 1,7 millones…”asegura. Internet rebela el resto. En 2014, mientras que sólo el 19% del total de hectáreas son de bosque, el 25% lo cubren plantaciones de palma, el 12% plantaciones para pasta de papel, el 8% están quemadas, el 4% siguen quemadas pero muestran brotes verdes de palma y el 32% ha sido reforestado por activistas.

Este año, entre Julio y Octubre, los fuegos se han sucedió como cada año, sin gran movilización internacional ni una rápida respuesta del gobierno de Indonesia, que pese a que pasa todos los años no tramita ningún plan efectivo para terminar con tal desastre. Singapur, Malasia, Australia y Japón se ofrecieron para ayudar a apagar los fuegos, pero Indonesia aseguró que su eficacia militar era suficiente. Nada de ejércitos extranjeros en el país, se dijo. El único avance ha sido la supuesta identificación de algunas compañías. Badroin Haiti, jefe de policía de Indonesia, reveló en una rueda de prensa a periodistas, que 12 empresas y 209 personas estaban bajo sospecha de iniciar fuegos ilegales, pero no facilitó los nombres. Todas ellas necesitan una filial indonesia para operar en el país y por tanto se esconden detrás de pantallas de mini empresas difíciles de localizar, argumentó. Eso es cierto, pero también lo es que gracias a esas pantallas Malasia e Indonesia ostentan el 85% de la producción mundial de aceite de palma, e Indonesia es el tercer exportador mundial. El activista Munir Said, que denunció una red de corrupción entre políticos y militares indonesios y las empresas productoras de aceite, fue asesinado en un vuelo de la aerolínea nacional del país, Garuda Indonesia. Un informe de este mes de Friends of the Earth (www.foe.org) señala también a las compañías Wilmar International y Bumitama Agri, cuyos accionistas mayoritarios son europeos y estadounidenses, como responsables de la quema de los bosques.

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El fuego terminó con la llegada de la lluvia, coincidiendo con la visita de Mochileando a Borneo. Nos encontramos un cielo más o menos azul y un aire respirable, pero las miles de hectáreas quemadas (se calculan unos 13 millones, pero la cifra es estimada) y las vidas truncadas por la gravísima contaminación no se recuperan tan fácilmente. Mientras, Indonesia sigue sin ratificar el tratado transnacional de ASEAN por un cielo sin neblina (haze treaty) que firmó tras los fuegos de 1997. Si todo continúa como está, parece que el fuego ganará la batalla.

 

Plantear una solución: entre lo global y lo local

El Gobierno de Indonesia, mientras, promete a quién se interesa una serie de medidas que acabarán con el problema. La neblina cubre año tras año los cielos de Malasia y Singapur por varios meses, de ésta sí hemos sido testigos, y es insoportable. La situación está desesperando a muchos ciudadanos y la tensión política entre los países se encuentra a flor de piel, entre amenazas de sanciones económicas o de un conflicto todavía mayor.

Pero cuando otros gobiernos, organizaciones ciudadanas, periodistas, etc…demandan a Indonesia que termine con los fuegos de una vez por todas, este Gobierno les sonríe y con su mejor cara promete que se está haciendo todo lo que se puede, que se necesita paciencia, tiempo, Indonesia es un país complicado…

Entonces se toman algunas medidas, se refuerzan algunas leyes que delimitan la acción a las empresas extranjeras, el terreno que pueden cultivar o sus métodos. Pero como hemos visto todo esto no es más que un enorme lavado de cara, puesto que parece que algunas fortunas y determinados sectores, muy conectados al aparato político, ven grandes beneficios con toda esta situación. Las grandes empresas con un gran arsenal de recursos siempre pueden permitirse cumplir cualquier requisito necesario y sortear cualquier prohibición temporal. Cuanto más se delimite el número de hectáreas cultivables, más filiales en Indonesia aparecerán, cuanto más caros sean los métodos estipulados para plantar, más fuegos “incontrolables” habrá. Mientras no se tome una iniciativa definitiva, como terminar de conceder licencias para plantaciones industriales, prohibir la quema del bosque de manera incondicional y habilitar los medios efectivos para vigilar y controlar tanto los fuegos como las acciones de las empresas, siempre habrá una “trampa”, y no estaremos planteando ninguna solución efectiva para salvar los bosques de Borneo.

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Pero hay otros factores que el Gobierno debe tener en consideración, y todos nosotros, a la hora de plantear una solución. Una selva como esta, única por su biodiversidad, uno de los pulmones más grandes del planeta, es un patrimonio muy importante para todos los seres vivos de este planeta, para toda la humanidad, y mantenerlo reporta grandes beneficios para todos. Sin embargo, ¿qué ocurre con la población local? A muchos de ellos les gusta su bosque, pero quieren tener un coche, una televisión en casa, un teléfono. El mundo industrializado les señala y les responsabiliza para mantener el cuidado de sus selvas, ahora que ya nos quedan pocas, pero ellos saben que las civilizaciones de Occidente crecieron quemando y extinguiendo también la gran mayoría de sus ecosistemas, y que de hecho, muchos de los accionistas de las empresas que hoy en día los contratan son europeos y estadounidenses.

Sí, a ellos les gustan sus bosques, pero quieren vivir tan bien como cualquiera, y conocen muy pocos recursos que no impliquen la explotación de su medio ambiente. Esta es fácil, y las empresas la están pagando decentemente. La selva tiene un valor incalculable y eterno para toda la humanidad, pero, ¿a quién pertenece el derecho a decidir? Si sus habitantes la destruyen, destruyen algo que es beneficioso para todos. Si todos decidimos en su nombre, puede que no tengamos en cuenta sus necesidades y su voluntad, y tal vez estaremos violando su soberanía y su derecho a decidir sobre su hogar y sus vidas. ¿Podemos conservar las selvas de Borneo y las frágiles vidas que contienen limitando la voluntad de sus habitantes? ¿Por cuánto tiempo? ¿Deberíamos? ¿Pueden los habitantes de Borneo proteger sus selvas en un mundo capitalista obsesionado por la productividad, dispuesto a pagar fortunas para acabar con su selva, sus vidas y paisajes, si es necesario? Aunque entre todos alcanzáramos una solución, con infinitos esfuerzos, que salvara esta selva milenaria de ser devorada por la economía del crecimiento. ¿cuántas generaciones duraría? ¿Cuánto tiempo podemos garantizar a los orangutanes, los monos proboscidios, elefantes pigmeos, rinocerontes asiáticos, infinitos pájaros, insectos, reptiles únicos de esta isla, su supervivencia? No podemos dar una respuesta, no existe la manera para garantizar a esta selva de cientos de miles de años que sobrevivirá mil años más. Pero podemos comenzar con algunas propuestas.

Para ofrecer una buena calidad de vida a sus habitantes, que les garantice una serie de servicios pero también una buena vida en comunión con su medio ambiente tradicional, de valor incalculable para su cultura y para su salud, deberíamos comenzar por la educación. Debería garantizárseles una serie de derechos y servicios sociales mínimos para que puedan encontrar una vida próspera sin tener que vender su tierra y su mano de obra a precios miserables. Invertir en una educación de calidad que les asegure un buen futuro, que les dé a conocer alternativas y les otorgue la capacidad de decidir. La selva ofrece miles de oportunidades que no implican necesariamente su destrucción, e invertir en educación es invertir en ellas. Indonesia asegura que está en ello.

Pero a este ritmo a la selva de Borneo no le queda tanto tiempo. Desde la perspectiva internacional, una de las soluciones que se han planteado a la rápida deforestación de las selvas comienza por reconocer la importancia que éstas tienen para toda la humanidad, en todos los términos. Para mantenerlas, podría tomarse en consideración la importancia del papel que desempeñan las personas que las habitan, y organizar internacionalmente una serie de acuerdos que les garanticen una buena calidad de vida a cambio de que gestionen y garanticen su conservación. En términos sencillos, pagarles un salario a cambio de cuidar las selvas que tan necesarias son para todo el planeta.

Existen muchas consideraciones en juego, y sabemos que no es para nada una tarea sencilla la de plantear cualquier tipo de soluciones duraderas al problema; pero en cualquier caso tenemos claro que debería empezarse por terminar los fuegos, replantar la isla, acabar con la corrupción en las autoridades indonesias y poner un freno efectivo a las grandes empresas con sus grandes intereses que todo lo devoran.

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(Singapur cubierto por The Haze, 14 Octubre 2014)

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