Un mes en Malasia

13 de noviembre- 10 de diciembre de 2015

Dejamos Indonesia atrás, las islas, el océano…. y volamos de Pontianak a Kuala Lumpur, Malasia, al continente asiático hecho y derecho. Tierra firme. Malasia…. Antes de llegar, confieso, no tenía ni idea de lo que podía encontrar, sólo me habían contando que era un país musulmán muy estricto. Un mes más tarde sigo sin tenerla, pero al menos, he aprendido algunas cosas que puedo compartir con vosotros en este post!

Malasia es un país de 329.847 kilómetros cuadrados que son independientes desde 1963. Fue una colonia inglesa junto con Singapur (que se independizó sólo dos años más tarde de la formación del país, en 1965), y fue agredida violentamente por el Imperio Japonés durante la II Guerra Mundial. Su lengua oficial es el malayo, muy parecido al indonesio, pero también se habla en gran medida inglés, chino y tamal (una lengua del sur de India) puesto que a pesar de que la mayoría de la población es malaya, las comunidades chinas e indias son abundantes en el país y forman un crisol multicultural parte del encanto del territorio. No obstante, tras varias conversaciones con personas de origen indio y la lectura de algunos artículos, parece que la igualdad de trato en cuanto a políticas públicas no favorece a todas las etnias por igual, sino que acentúa el estatus de los malayos. Cabe recordar que la etnia malaya es (generalmente) musulmana y que la religión del estado es el Islam. Aún así, cada calle tiene un gusto, un color, un olor y un sabor diferente…. Los rotis y los curris indios, los arroces malayos con miles de salsas diferentes, las sopas chinas que no sabes de que están hechas… Las calles también brillan por sus miles de templos distintos y Kuala Lumpur, la capital, es la encarnación de esta explosión cultural.

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Antes de llegar a Malasia, imaginaba un lugar parecido a Indonesia. Sin aceras, sin servicios públicos, sin recogida de basuras, con las carreteras llenas de baches y los baños bastante sucios. Pero no, para mi Malasia es un mundo aparte. No encuentras papel de baño fácilmente, ni cuchillos en las mesas, ni por supuesto queso en el super, pero el autobús es puntual, las autopistas cubren todo el país y los centros comerciales tienen el aire acondicionado a más no poder. Cuándo estaba en Singapur, unos franceses me dijeron que Kuala Lumpur era un caos y que vivir allí debía de ser una locura… y tras dos semanas allí mi impresión es que es tan caos como cualquier ciudad grande del mundo, ni más ni menos. Y si le añades los años de colonización inglesa que les dejaron una cultura de té y típicos buenos modales ingleses de película, vivir en Kuala Lumpur creo que es más dulce y fácil que en el mismísimo París (menos por el vino tinto, tal vez…). De hecho, justo ayer comentando este aspecto con un tailandés, me miró serio y me dijo… “Malasia no es asiática, los ingleses estuvieron demasiado tiempo y para mi no parecen asiáticos, son muy diferentes”.  

KUALA LUMPUR

 Conocida tanto por locales como viajeros por sus siglas KL, la gran ciudad se alza ante su 1.887.674 habitantes como un espejismo de contrastes. Parecida a Singapur pero con más vidilla y sangre en las venas, la capital legislativa del país alberga desde rascacielos gigantes, a barrios de madera residenciales como en el que vivíamos nosotros en las afueras, templos chinos de cientos de años atrás, calles llenas de bares dónde la cerveza cubre las mesas y cientos de mezquitas.

Allí pasamos poco más de dos semanas de voluntariado en una especia de hostal ONG en las afueras (Ampang) llamado Yellow House (YH). Shyam, una antigua periodista de origen indio perseguida por sus opiniones contra el gobierno, decidió salvar su vida dejando atrás la denuncia y refugiándose en la acción social, hecho por el que creó este espacio(sobre la represión política os contaremos más cosas en el próximo post!). Durante el tiempo en la YH nos acercamos un poco más a la situación de las personas sin hogar en Malasia mediante una acción de peluquería (los jueves) y cocina (los domingos), a la realidad de niños y adultos con discapacidades asistiendo a los profesores diariamente durante las clases en la Special School y la piscina, a la dificultad de cuidar perros y gatos para que tengan una vida mejor después de ser abandonados y de rescatar gatos en peligro, y las vidas en espera de las personas refugiadas en Malasia, a las que ayudábamos frecuentando un bar que habían abierto entre todos para poder trabajar mientras residían en KL.  Yellow House colabora con una escuela de niños refugiados afganos pero en el momento de nuestro voluntariado estaba cerrada por vacaciones, así que no pudimos asistir.

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Un viernes por la tarde Shyam recibió una llamada de una casa/refugio de perros con discapacidades encontrados en la calle. Necesitaban a dos personas para ayudar a una de las cuidadoras durante el fin de semana porque los otros dos trabajadores lo pasaban fuera. Así que allá nos fuimos Jordi y yo, a cuidar 45 perros y 1 gato encerrados en una casa secreta de la que nadie podía saber la ubicación! Después de dos noches, volvimos el domingo tarde a la dulce YH con olor a perro, dolor de cabeza por los ladridos, la experiencia en las espaldas y… un buen mordisco en la pierna de Jordi que se tuvo que meter a separar a tres perros que se enzarzaron en una pelea! A cambio, llegamos también con unos 30 euros de gratificación en el bolsillo 🙂

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Coincidimos con varios voluntarios de todo el mundo en la YH. Así que no todo fue trabajo… Hicimos una barbacoa por el cumple de Jordi que fue nada más llegar, con mojitos incluidos!, una noche de Karaoke por la despedida de Robin y Nina, dos alemanes en viaje, una tarde de cine Bond, noches de cartas y cerveza con Phil y Arsen y varias excursiones de fin de semana por la ciudad.

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El primer finde visitamos la ciudad en plan turista cien por cien. Entre otras cosas, vimos las torres Petronas, la turistada más famosa de KL y desde el atentado a las torres gemelas el edificio gemelo más alto del mundo, propiedad de la compañía petrolífera estatal de Malasia; entramos en la Gran Mezquita de la ciudad, para lo que tuvimos que vestirnos apropiadamente…; comimos en el barrio chino; visitamos el Mercado Central que es precioso; la plaza de la independencia (Merdeka Square); el palacio del Sultán y el Helipat, un bar en una pista de aterrizaje para helicóptero dónde cerramos la noche de cumple de Jordi viendo desde las alturas toda la ciudad. Os dejamos las fotos por orden : )

 

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En otra excursión visitamos las Batu Caves o Cuevas de Batu, uno de los templos hindús más venerados fuera de la India. Llegamos a una parte de la ciudad en que, entre edificios y carreteras, una montaña grande, vertical, poblada y llena de cuevas aparece de repente en medio del llano. El templo está situado dentro de una cueva en la montaña con unas vistas preciosas de KL y se compone de varias grutas con diferentes templos, historias, pinturas en las paredes. En la cueva central están construyendo lo que parecen altares, y el ruido de las máquinas y la escasa luz dibuja un escenario de ciencia ficción a lo Blade Runner que choca frontalmente con los colores de los templos. Un espectáculo digno de ver.

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Y así, tan rápido como vuela el tiempo, dejamos Kuala Lumpur, los mosquitos que nos freían en la YH (nos contamos un día más de 70 picaduras en una pierna!), el calor apabullante y el desenfreno de una ciudad que todo lo ofrece y todo lo vive.

Ahora sí, partimos hacia el norte y el oeste del país… y por esta visita, nos olvidamos del este, pues a pesar de que están las islas más bonitas de toda Malasia, justo ahora es época de mozones y las fuertes lluvias y vientos avisan de que vuelvas en otro momento.

 CAMERON HIGLANDS

 Cambiamos la vida urbanita por las fresquitas tierras altas malayas, las colinas de jungla ,granjas y plantaciones de té que emergen en el centro del país y nuestra única oportunidad de sentir el frío por la noche… Impulsados por ese deseo y después de cruzarnos media KL en varias direcciones para encontrar el autobús necesario, llegamos a las Cameron Highlands, nombradas así por el primer inglés que mostró interés en esas tierras. Bajamos en la estación de autobuses de Tanah Rata y nos encontramos con este paisaje… “Madre mía Moni” , me dice Jordi, “voy a hacer una foto y preguntamos en el blog si es Malasia o cualquier sitio europeo de montaña, tipo los Pirineos, es increíble”. Dicho y hecho. Parecía que hubiésemos viajado a millones de kilómetros de Kuala Lumpur con solo 5 horas de trayecto.

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Tras una noche en el albergue dentro del saco de dormir, despertamos felices y con ganas de descubrir la selva malaya. Decidimos subir la montaña más alta del lugar, el monte Brinchang, de 2.030 metros de altura. En la selva, me digo mientras comenzamos a subir, si tienes imaginación y la dejas volar, solo mirando te paralizas…. Todas esas formas de raíces entrelazadas que parecen serpientes dormidas a punto de despertar, todos los miles de ruiditos que se mezclan entre la espesura de las hojas que te deja escuchar pero no ver, la niebla que cubre de repente el paisaje y se va en un abrir y cerrar de ojos… La selva me parece un mundo de magia salvaje, el callejón Diagón de la naturaleza.

Pienso en todo esto mientras subimos una empinadísima escalera de raíces que se alarga durante muchos muchos metros. “ Parece la primera pantalla de un videojuego”, bromea Jordi, “ la escalera de raíces”. Fantaseamos sobre estar dentro de un juego virtual cuándo parece que cambia la pantalla, nos reímos… “Atravesamos ahora las lagunas de barro”… Decidimos que el segundo nivel del juego se llamará El Barrizal, haciendo honor a los charcos que hay que cruzar para seguir el camino y que parecen querer engullirte hacia el centro de la tierra. Después de casi dos horas y cuándo no podíamos ir ya más sucios, nos dimos cuenta de que aún esperaba el tercer nivel… El último y como todo jugador sabe, el más difícil, una combinación de todo lo que has aprendido en los otros niveles“. No me lo puedo creer, ¿qué hacen aquí estas cuerdas?”. Nos habían avisado pero no me acordaba, empezaba la pantalla de… ¡La rampa guarra! (Haciendo honor a los campamentos de los scouts, por si algún scout me lee J ) Las escaleras de raíces se juntaban con el barrizal y las cuerdas servían de apoyo para no resbalarse… Con un poco de fuerza en los brazos y equilibrio, nos pasamos la pantalla. Estábamos arriba del Brinchang!!!

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Bajamos por otro camino y visitamos las plantaciones de té, tomamos un té local entre las colinas verdes que caracterizan el lugar y acabamos en una granja de fresas dónde un trabajador de Bangladesh nos hace de guía. Sin que nosotros tuviéramos nada que ver, nos agarró el teléfono y nos tomó las fotos más horteras de todo el viaje!! Para compensar, nos enseñó unas cabras recién nacidas a cambio de una propina para enviar dinero a su familia.

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Con esta rutina pasamos un par de días en Cameron Highlands, de rutas por las montañas, las cascadas, la comida, el fresquito y las cervezas junto al fuego del albergue…. “Una más y a dormir”, pienso mirando crepitar el fuego y feliz con la chaqueta puesta… que mañana a las siete nos vamos hacía la playa!

PENANG

 Penang es una isla de la costa Oeste de Malasia y es quizás la más multicultural y diversa del país. Después de unas 5 horas de autobús desde Tanah Rata, llegamos a Butterworth y cogemos el ferry hacia la ciudad principal, Georgetown. “¿Ya tenéis alojamiento?”, pregunta un chico alemán que termina ya su viaje, “no, pensábamos llegar y buscar algo”, “Yo conozco uno baratísimo!”. Perfecto. Le seguimos hacía su hostal, una antigua casita china reformada en el centro, y reservamos un par de noches. Andábamos con la mochila y bajo un sol de infarto al que nos habíamos desacostumbrado rápidamente, pero Georgetown parecía alucinante. La calle principal por dónde seguíamos al chico alemán vibraba de vida. Restaurantes a todos lados, casas blancas con las ventanas de madera pintadas de colores, grafitis y esculturas en las paredes. Edificios coloniales y a la vez chinos, o malayos e indios… Con toda razón, la zona céntrica se había convertido en patrimonio protegido por la UNESCO. Era casi la hora de comer, y llegábamos con hambre. Todos los malayos que conocíamos nos habían confesado su amor por la comida de Penang, la mejor, según su criterio, de todo el país. ¡Vamos a dejar la mochila y salir a comer, por dios! La comida india, china y malaya cubre de olores toda la ciudad… Los puestos típicos callejeros salen sobre todo por la noche, cuándo el sol descansa, y llenan las aceras de delicias baratísimas que se cocinan a toda velocidad. Eso sí, cada uno tiene un especialidad y más vale que no preguntes de qué está hecho…   Los patios de comida, famosos en todo el sureste asiático, también se llenan de puestos en los que encuentras desde comida coreana o taiwanesa a pizzas o crepes.

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Georgetown es una ciudad multicultural construida a base de inmigración. Encuentras edificios de culto de todas las religiones, hasta mezquitas de diferentes orígenes: una de los malayos musulmanes y justo enfrente otra de estilo indio de los musulmanes indios. Aunque sobre todo, te envuelve una atmósfera de cultura india y china que te trasporta a miles de kilómetros de Malasia.

 

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Menos en las casas de pescadores en el muelle, el barrio indio y las afueras, la etnia china domina la ciudad. Al menos, eso parece. Templos detallados y pintorescos se esconden de los ojos de la multitud tras pequeños callejones que te llevan a ellos. Hace cientos de años, fueron construidos por las sociedades secretas chinas que se reunían para decidir los asuntos más importantes de la comunidad. Había decenas de templos chinos, pero los dos realmente alucinantes para mi fueron el gran templo budista chino de las montañas (Kek Lok Si) y el centenario templo confuciano de Koo Kongsi (Kongsi es templo en malayo), construido por la sociedad secreta de la familia Koo, del sur de china, que gozaba a principios del siglo diecinueve del favor del emperador. Ambos son todavía un lugar de culto para los chinos de todo el mundo. Pequeñas farmacias y herbolarios chinos se conservan todavía activos en la ciudad y farolillos rojos y dragones de colores decoran el cielo, transportándote a una antigua China congelada en el tiempo.12395673_10206928196996032_1775168545_n10685305_10206928195475994_251459154_n

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Mientras tramitábamos mediante un agente la visa para viajar a Tailandia (lo intentamos por nuestra cuenta en la embajada tailandesa de KL y nos acabaron echando los seguridades porque, la verdad, fueron tan maleducados y poco cordiales con nosotros que me acabe enfadando y bueno, nos tuvimos que ir…), decidimos visitar la parte más Oeste de la isla, dónde según decía la guía estaban las mejores playas. Allá que vamos, mochila a cuestas, hasta Batu Ferringhi, un pueblo de pesadores , chiringuitos de playa y ambiente relajado. Encontramos una habitación barata en una pensión regentada por una familia china encantadora y disfrutamos de la playa y de una habitación doble. Eso sí, se trataba de una zona musulmana dónde todo el mundo se bañaba con ropa y bastante cubierto… así que nada de ponerse morenos, dónde fueres haz lo que vieres, me digo.

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Tras unos días de tranquilidad, nos vamos al Parque Nacional de la isla, Taman Negara, a seguir la aventura. Una mezcla de selva, lagos y playa alucinante… Paramos en la Turtle Beach, lugar de paso de tortugas, y aprendemos cómo nacen estos animales centenarios junto a un grupo de argentinos que hemos conocido. Vemos algunas tortugas bebés y seguimos con la ruta. Montaña arriba y montaña abajo durante un par de horas llegamos, ahora sí, a la playa paraíso. Los demás habían desistido así que sólo éramos Jordi y yo… solos entre las palmeras, la arena blanca, las olas verdes… Espera. “Moni, mira, mira!!”. Parece que no estábamos tan solos. Un lagarto gigante de un metro, típico de estas tierras, conocido como Monitor Lizard, acaba de pasar por nuestro lado y meterse tranquilamente en el mar… Nada, relajado, con la cabeza fuera, mirándolo todo, a un lado y al otro. De ahí su nombre. Vigila. Vaya… no sabía que esos bichos podían estar también en el mar… “Jordi, es gigante!!” (No tenemos la foto, pero sí las huellas….). Nos reímos y un poco asustados nos bañamos. Todo esta tranquilo….

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Conocemos al guarda del lugar, un funcionario malayo en sus treinta especializado en vida salvaje que nos cuenta sus peripecias para atrapar a cazadores ilegales en Malasia. Le encanta la selva. Vive en una casita de madera justo en la playa a la que habíamos llegado. Resulta ser una zona de acampada… No llevábamos más que la ropa puesta, dos plátanos y una botella de agua. “Podéis dormir en el porche, es al aire libre pero muy seguro y bien”, el guarda nos cuenta cosas maravillosas del lugar. Damos media vuelta y nos vamos, otra vez será, vendremos con el saco de dormir y comida. Pero el lugar nos atrapa… Decidimos quedarnos y ver el atardecer….

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El guarda y su asistente nos invitan a cenar, conversamos, damos de comer a los puercoespines y nos dejan un colchón para dormir en la cabañita con ellos. “No podemos hacer esto, pero nuestro jefe es demasiado vago para venir a hacer una inspección ahora..!”, bromean. A la mañana siguiente, despertamos y deshacemos el camino. Paso a paso, nos despedimos de Malasia, del país que sorprende, del poco idioma que aprendimos, de la hospitalidad de sus gentes, de la rara mezcla entre un estado musulmán, los pantalones cortos de las mujeres chinas y los sabores que se mezclan de forma caótica y perfecta.

Terima Kasih Malaysia. Allá vamos exótica Tailandia!

 

 

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5 thoughts on “Un mes en Malasia

  1. Que bonitas experiencias , te felicito por lo bien que describes los lugares que visitan tu y Jordi y que envidia (sana) por su recorrido cuando regrecen ya Jordi nos dará una conferencia !

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