El paraíso del sur de Tailandia

10 de diciembre- 28 de diciembre de 2015

La sensación de tener un paraíso ante tus ojos es inexplicable, única e intransferible. No cabe en una fotografía, ni en cientos de palabras, siquiera en un video de muchos minutos con música de fondo. Tiene cabida única y exclusivamente en tu vivencia y tu memoria, y tu experiencia es la única prueba de aquello que tus ojos vieron, tu piel sintió y tu imaginación guardó sintiéndose minúscula. Un paraíso ante ti…

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Los paraísos, pienso, se cuentan por cientos. Son personales y no caben en las fotos precisamente porque nada tienen que ver con aquello que la cámara (al menos, la mía) puede captar: desde una cena alrededor de la mesa del comedor de casa de tus padres, a una cerveza en el bar de la plaza, la puesta de sol en la bahía de Denia o el césped del río que siempre te espera verde… Los paraísos son pequeñas esferas y lugares cotidianos o extraordinarios en los que el espacio y tu os regaláis mutuamente una parte de vosotros mismos, sintonizáis, conectáis. Vivís juntos algo único que te eleva y te hace pensar: esto sí, ahora sí… esto es el paraíso.

El sur de Tailandia es uno de esos lugares que me ha hecho vivir esa sensación abrumadora que te llena de una felicidad sorprendentemente sencilla, esa que proviene del mero hecho de contemplar, de sonreír, de respirar ante lo que parece hecho a medida para ese momento, ante el mejor de los sueños de piratas que tu cerebro puede recrear. Cierto es, no obstante, que el paisaje, sus gentes y su modo de vida no lo ponen nada difícil… Esas playas pueden ser un paraíso para cualquiera. Simplemente, para mi, llegaron justo cuando las necesitaba.

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Ese paraíso no se abrió ante nosotros a la primera de cambio, en una imagen. Fuimos entrando en él poco a poco, nos fue absorbiendo. Llegamos una tarde a la ciudad de Krabi, en el sur de Tailandia, después de un montón de horas en furgoneta y el estrés que supone cruzar una frontera terrestre llena de militares armados. El sur del país es la zona más turística y muchos viajeros nos habían avisado de lo “agobiante que es”, de cómo “te acosan por las calles para venderte de todo” etcétera, etcétera… En lugar de eso, nos encontramos una ciudad tranquila, llena de mercados por los que pasear a tus anchas y un río enorme lleno de montañas verdes de fantasía que se alzaban de la nada en posición vertical. Todavía había muchas personas de cultura musulmana que se mezclaban con la mayoría budista y se diferenciaban sólo por los atuendos típicos: el pañuelo en las mujeres y la imagen de la Meca en el bar.

Paseamos por las maderas inseguras de unos manglares y recorrimos el río con la barquita de un tailandés marinero que enseñaba a su hija todos los gajes del oficio. Visitamos las cuevas de un parque nacional dónde se encontraron restos de homo sapiens de unos 30.000 AC años de antigüedad y en las que montaron un campamento los soldados japoneses en su expansión imperial hacia el sur.

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Krabi fue un sitio bonito, pero más como primera toma de contacto con Tailanda que con el paraíso. La sensación vino un poquito después, cuándo por decisiones poco pensadas llegamos a la isla de Ko Lanta (Ko es isla en tailandés). Por otro sinfín de casualidades, encontramos un hostal barato que resultó ser una especie de comuna hippie de cabañitas de bambú y pinturas inspiradoras y de paz que estaba situada en una calle de la que no logramos salir en tres días enteros…

 Clazy House, así se llamaba la comunidad, estaba regentada por una familia de tailandeses que acogían a voluntarios de todo el mundo para ayudarles con los quehaceres diarios. Así, se juntaba un grupo de nacionalidades varias con valores parecidos, dispuestos a compartir cualquier cosa, valorar una puesta de sol, hablar durante horas o beber al son de una guitarra hasta el amanecer. No había duchas, sino una manguera con un chorrito fino de agua fría de lluvia, y tampoco había suelo, sólo arena y plantas, como el resto de la calle que nos absorbió durante días. Todo el mundo íbamos descalzos y no hacía falta más que un bañador, un pañuelo y algo de dinero para comer y beber. Después de un mes en Malasia y de bañarme vestida en sus playas o no poder ir sin sujetador o enseñar los hombros, la sensación de poder ir todo el día en bañador y descalza, sin más preocupación y convencida de que no estoy hiriendo la sensibilidad de nadie, me supone el mejor de los placeres del mundo.

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Un paseo de tres minutos separa nuestra cabañita de bambú de la playa… Una playa relajada, de arena tostada, aguas transparentes y chiringuitos de madera oscura. Un grupo juega a voleibol, otros leen durante horas, una chica contempla el paisaje desde un rústico columpio y otro grupito bebe cerveza tumbado en una especie de hamacas. Un par de perros corretean detrás de los niños llenándolos de arena y varias mujeres ofrecen masajes en unas camas pequeñitas con vistas al mar. Todo se ve tranquilo. Llega la tarde y un montón de nubarrones espesos cubren el cielo, se acercan poco a poco del interior de la isla hasta el mar. Sentados en la arena vemos como viene la tormenta, los colores rosados, violáceos y grises que se aproximan con lentitud. Llueve. Llueve como lo hace en el trópico: intensa y brevemente. La lluvia baña la isla durante media hora todos los días de nuestra visita, como una rutina.

Llega la noche. Una barbacoa de pescado, verduras y pollo nos reúne a todos alrededor de la mesa del hostal. Todo está hecho con bambú y maderas y la poca luz que nos ilumina lo vuelve todo mucho más mágico. Cenamos, bebemos, bailamos… todos sabemos las mismas canciones, los mismos clásicos. Basta un mini segundo para darse cuenta de que todos compartimos el mismo mundo, a pesar de las distancias, de la política y de las fronteras.

“¿Queréis ir a ver el plancton?”, pregunta una chica portuguesa que se llama Carlota. “¿Perdona, el qué?” , respondemos Jordi y yo casi al unísono seguidos de una risa de curiosidad. “¡El plancton, el plancton brilla por la noche! “ La seguimos hacia la playa junto con Mario el chileno y un chico finlandés del que he olvidado el nombre. Carlota está extrañada de que no sepamos lo que es el plancton que brilla porque dice que en Portugal también existe. “Además – nos explica- hoy no hay luna así que es la noche perfecta para verlo”. Nos metemos en el agua. Carlota grita: “mover las manos, mover las manos…!”…. ‘’Ala..!-exclamo- parecen luciérnagas en el agua!!!!” Cómo si fuéramos niños pasamos un buen rato jugueteando con nuestro cuerpo dentro del mar. Pequeñas lucecitas amarillas fosforescentes (bueno, según se mire, para Jordi eran azules) se encendían con el movimiento de manos y pies y se aglutinaban formando bolas de luz a nuestro alrededor. Parecía magia. Las estrellas brillaban en un cielo oscuro por la ausencia de la luna y nosotros empequeñecíamos entre las luces de arriba y las de dentro del mar, como si estuviésemos en una especie de realidad imaginaria…

La calle se llenaba de música en directo y mil instrumentos y espectáculos de fuego por las noches. En una de ellas, conocimos a una pareja de ingleses que viajaban por Asia haciendo actuaciones en directo para pagarse la aventura. Nos hicieron una demostración en la playa. Ella cantaba con una voz dulce y él tocaba la guitarra, hacía beatbox con su voz y con una flauta travesera. Formaban un dúo bastante singular… Os dejamos un par de sus piezas para compartir con vosotros un poco de la magia del momento:

La rutina isleña nos acapara durante varios días. Al final decidimos hacer una escapadita para ver algo de Ko Lanta más allá de la famosa calle, y nos unimos a un tour de islas, con buceo con tubo y comida incluida. Salimos prontito por la mañana y una barca de madera nos lleva de paseo todo el día… Vemos cientos y cientos de islas cubriendo un mar esmeralda, surgen del mar como setas en el bosque, todas de roca, llenas de vegetación, verdes como una botella de vino, y escarpadas. Se trata de formaciones de coral que vivían debajo del mar y se fueron aglutinando y formando montañas de capas y capas. Con la bajada del nivel del océano Índico quedaron al descubierto en forma de montañas de piedra caliza (limestone en inglés, como se las conoce aquí) verticales que albergan miles de cuevas y playas interiores. Precisamente por los enclaves secretos que esconden en su interior, muchas eran frecuentadas por piratas que escondían sus tesoros en alguna de las cientos de cuevas de las cientos de islas que cubren la bahía, a sabiendas de que sería prácticamente imposible para quien no supiese la ubicación encontrarlos.

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Es el caso de la Cueva Esmeralda o Tham Morakot, cerca de la paradisiaca isla de Ko Mook. Se trata de una de esas montañas/islas calizas que emergen del mar y que esconde un pequeño secreto que la hizo querida por los piratas en su momento y por los turistas en estos tiempos. La barquita de madera nos para un poco lejos y vamos nadando hasta lo que parece un agujero en la roca. Es la entrada de una cueva. Entramos y recorremos unos 80 metros en total oscuridad, nadando, hacia la “sorpresa”. Una compañera está bastante asustada y no para de gritar, pero todos sabemos que allí no pasa nada, que cientos de turistas la visitan año tras año. En pocos minutos vemos luz al final… y pronto, vemos con nuestros ojos porqué se trata de algo tan valioso. No tenemos fotos porque no podíamos llevar el móvil con nosotros, pero sólo tenéis que imaginar lo siguiente. Después de que los ojos se acostumbren a la oscuridad, de repente reciben un montón de luz… Cuesta ver un poco, pero vislumbras los reflejos de arena blanca. Te acostumbras a la lucidez, miras para arriba y ves un montón de vegetación, y un color azul asomando por un agujero grande que da al cielo. Vuelves tus ojos hacia abajo y el turquesa del mar eclipsa tu mirada… Estás ante una de esas playas secretas, pequeñas, con historia y con encanto.

Después de un día de escenas de película, de pececitos de colores azules y amarillos y tipo Nemo, de colores que colman la imaginación, volvemos a Clazy House, a nuestra calle, y pasamos la última noche. Al día siguiente partimos rumbo a Ao Luek, un pequeño pueblo de la provincia de Krabi dónde habíamos encontrado un Couchsurfer que podía acogernos por unos días, mientras esperábamos para recoger a Belén, mi hermana, en Bangkok, el 21 de diciembre (aunque yo por esos días no sabía todavía quién nos venía a visitar…menuda sorpresa estaba a punto de llevarme!!).

Llegamos a Ao Luek tras varias horas de autobús y pensando en descansar un poco, escribir, estar tranquilamente en el pueblecito y conocer un poco más la cultura local. Abandonar las vacaciones y seguir con el viaje, vaya. No obstante, tuvimos la suerte de encontrarnos con Wit, nuestro couchsurfer tailandés, un amante de la fiesta, la música, el arte, la comida, la buena vida y la hospitalidad. Nos acogió en un pequeño bungalow en el jardín de su casa. Normalmente los alquila por airbandb pero si están libres los ocupa con couchsurfers, así que tuvimos mucha suerte. Nos presentó a sus amigos, nos llevaron de ruta a conocer la zona, el río, los paisajes, e incluso nos invitaron a una barbacoa de cumple de un amigo tailandés cuyo hijo cumplía diez añitos y nos llevaron a un concierto a un resort de lujo, como os contaremos en otro post. También, nos enseñó a beber como un tailandés cien por cien, es decir, mezclando el whisky local, con soda y un chorrito de algo parecido al redbull.

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Allí coincidimos con un francés amigo de Wit, Zach, que llevaba cinco años viviendo en Tailandia, con Vilay, una francesa que alquilaba una de las casitas, con Pao, la sobrina de Wit, y con una pareja de americanos de lo más variopinta. Todos juntos nos aventuramos de nuevo al mar de Andamán, a la bahía de ¨Panga¨ que nos tenía enamorados desde que la vimos.  Ahí fue, casi al final de estro viaje por el sur, cuándo nos dimos cuenta de que el mar de Andamán era lo más paradisíaco y bonito que habíamos visto nunca. Nadamos en sus playas escondidas y volvimos a envolvernos de sus paisajes de aventura e historias de piratas.

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Y aún nos quedaba por ver Ko Chang, una isla cercana a Bangkok dónde llevamos a Belén (después de unos días en la ajetreada capital del país)para que se llevara un sabor un poco sureño. Ko Chang significa isla elefante, en principio, no tiene nada que ver con los paquidermos ya que viven en toda Tailandia, sino con sus insinuantes montañas que dibujan curvas suaves parecidas a la silueta de estos animales. Está situada en otro mar, el golfo sur de Tailandia, y aunque difiere un poco de las vistas del Andamán, su visita reafirma el paraíso. Allí, junto con dos de las personas que más quiero de todo el mundo, vivimos los mejores atardeceres, conocimos a la gente más peculiar, andamos hasta las cascadas del centro de la isla y frecuentamos cada noche el Reagge Bar en búsqueda de una cerveza y buen ambiente. También caímos en las garras de una de las más grandes turistadas hasta el momento, un tour por las islas de alrededor en el que nos subieron a un súper barco lleno llenísimo de gente para hacer buceo con tubo y conocer algunas playas más remotas. Bromeamos durante horas… “parece que vamos en un barco patera”, mi hermana se meaba de la risa.

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Y así, con esta última visita, dejamos el sur de Tailandia y la vida pirata. Cambiamos de año en el Norte del país, dónde por lo que vemos, nos esperan más paisajes preciosos, gente amable y buena comida. Pronto os contaremos más detalles sobre este país tan increíble y ambiguo, de momento, sólo queríamos invitaros a uniros a nuestro paraíso. Hasta pronto!!

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               Belén junto a un atardecer en White Sand Beach, Ko Chang

               Grácies per la teua companyia i la teua alegria! T´estimem

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