Música tradicional y Reggae en Au Luek

Llegamos al garaje de ensayo de una banda tailandesa del modo más tailandés posible, tres a caballo en una moto y por lo menos tres horas más tarde. El lugar era pequeñito, parte de una casa del pueblo pero bastante en las afueras, y al menos diez personas se arremolinaban en sus rincones. Un grupo de hombres preparaba los instrumentos, dos mujeres practicaban los bailes tradicionales mirando un tutorial del Youtube en sus móviles, un papá cuidaba a sus dos hijos bebés y dos o tres chicos más jovencitos rellenaban unos papeles en un sofá bastante viejo. Nos reciben con alegría pero sin cesar en sus actividades.

Uno de los músicos nos hace sitio en el sofá. Empezamos a conversar y nos cuenta la historia de su banda. Se llaman Bulan Anda (Bulan es luna en tailandés y Anda se refiere al mar de Andamán) y su objetivo es acercar la música tradicional tailandesa a los más jóvenes. Para ello, utilizan ritmos un poco más reggaes, instrumentos más nuevos como la guitarra eléctrica, el bajo o el piano y algunas canciones en inglés. Nuestro amigo Zach, un francés que lleva viviendo 5 años en Tailandia, pone voz a algunas canciones e improvisa reggae con acento jamaicano. Mientras ellos componen y hacen sonar la música, un grupo de mujeres baila de forma tradicional para evocar ese romanticismo que tiene el pasado.

Nos cuentan que las tradiciones tailandesas son fruto de muchas mezclas y que pese a que todos se reconocen en ellas, son bastante multiculturales. Al parecer, la música se originó con el paso de muchos años y se remonta a los cantos de los gitanos del mar (un pueblo tailandés llamado Moken que vive fundamentalmente en el agua y son capaces de aguantar la respiración por un montón de minutos y de ver sin gafas debajo del mar). Esta etnia, que tiene un idioma propio nada parecido al tailandés, emitía una especie de oraciones funerarias con la muerte de uno de sus miembros que llamó la atención de la comunidad china residente en Tailandia. Decidieron incorporar un Gong chino, que pronto se vio acompañado por una especie de tambor persa tipo bongos que decidieron incorporan comerciantes que llegaron al país. Por si la cosa no iba volviéndose bastante internacional, con la expansión de los imperios europeos llegaron los portugueses, que pensaron que un violín quedaría de maravilla, y un pelín más tarde los franceses, que para no quedarse atrás, introdujeron el acordeón. Con todos ellos se creó el estilo de música tradicional tailandesa que ha llegado hasta día de hoy.

Una de las bailarinas nos cuenta también que los trajes de los bailes son también fruto de una mezcla interesante. En primer lugar, explica que antes los tailandeses solían ir con la parte de arriba al descubierto y por tanto se bailaba sin traje alguno. No obstante, en cierto punto de la historia que no sabe concretar, el rey emitió un decreto prohibiendo a sus ciudadanos ir desnudos ya que viajeros de todo el mundo empezaban a llegar al país y no quería dar una imagen tribal del mismo. Así que hubo que buscar un vestido para bailar y por azares del momento se optó por un modelo chino-portugués de moda en la zona, tanto como estilo de vestir como arquitectónico. Nos llama la atención su honestidad para reconocer que su cultura es una miscelánea de lo más variopinta, fruto de su historia y sus relaciones pasadas con otros pueblos… Empieza el ensayo.

El ritmo de esta música surgida en el sur de Tailandia, nos advierten, es muy parecido al del Reggae. Durante la sesión me dejan participar por entretenimiento y suena algo así:

El espectáculo se produce al día siguiente. Después de un tour por la Bahía de Panga, llegamos en barca, vestidos en bañador y llenos de arena, al resort de lujo de la zona en el que tendrá lugar el concierto. El resort es muy nuevo, del estilo arquitectónico chino-portugués tan único de esta zona y de Penang, en Malasia, y en este momento está recibiendo a unas familias chinas para la cena que hacen innumerables fotos en el interior del edificio principal. La banda prepara los instrumentos y ensayan algunas canciones y bailes. Cuando llega la hora para la cena comienzan a llegar más invitados, en coches y trajes elegantísimos, y nosotros, sentados en un rincón, no podemos sentirnos más fuera de lugar. Llegan cámaras de televisión, pues el invitado especial de la gala que todavía está por llegar es una celebridad: el concejal de turismo de la provincia de Krabi, con su séquito. En chanclas y con cara de cansados, cada vez empequeñecemos más.

Pero en ese momento, la amabilidad de nuestros huéspedes tailandeses nos rescata a lo grande, y nos animan a salir al escenario a tocar. Acepto la invitación, y nuestra compañera francesa de viaje, Vilay, que sabe tocar la batería, también lo hace. Cogemos la guitarra y las baquetas ante un público que nos mira extrañado, y comenzamos a improvisar un rock repleto de solos y filigranas de batería y guitarra. Éste gusta, el público aplaude, y como la banda y los invitados todavía no están preparados, nos piden más. Pero percibiendo demasiada atención sobre nosotros decido simplificar las cosas, comienzo a tocar unos sencillos acordes a ritmo de Reggae y, mientras Vilay se engancha, llamo a gritos a nuestro colega Zach para que nos acompañe en la improvisación. Todo comienza lentamente, Zach empieza a trabajar su magia improvisada con acento jamaicano, la cosa gusta, Vilay toca unos adornos y cuando levanto la vista un nuevo compañero se ha animado a improvisar con los bongos. Poco después, el líder de la banda se nos une también con su acordeón, ¡empieza a sonar genial!

Tocamos unos minutos y, tras los aplausos, todos los invitados ya están aquí. Habiendo cumplido con nuestro cometido, volvemos a nuestra posición en una mesa, nos invitan a cenar arroz con verduras y gambas, y comienza el concierto oficial. Todo el mundo disfruta, bebe, los niños acompañan los bailes, el concierto va de maravilla y hasta el concejal de turismo se anima a cantar un par de canciones en un ambiente festivo y muy amistoso. La velada ha sido un éxito, la banda desmonta, todo el mundo se despide y nuestros amigos músicos nos acompañan a casa.

Por toda la cultura, la diversión y la sincera acogida, ¡Gracias!

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