Watchara, un viaje al interior de Tailandia

Esta no es una entrevista formal. No puede serlo. Watchara es risueño y se pone nervioso ante las formalidades, casi como cualquier tailandés. Pienso que se quedaría mudo si sacara una hoja y un bolígrafo y escribiera pacientemente todo lo que me cuenta, así que le robo preguntas en momentos rutinarios y memorizo sus palabras para escribirlas a escondidas un poquito más tarde. Así que no es una entrevista exacta, es una conversación, un mapa de respuestas esbozadas en medio del día, de camino al templo, cortando bambú o alrededor del fuego. Un mapa a mitad de camino entre lo que me parece el tailandés medio y Tailandia en sí misma, un mapa para la comprensión del país más turístico del sureste asiático, un mapa de coordenadas locales y descripciones simples. Para ser sincera, un medio mapa, cortito y en esbozos, que empieza en la pequeña localidad de Pangthom, al Norte de Tailandia.

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Watchara (Wat) vive en esta aldea en la que habitan unas 400 personas, pero no siempre fue así. Nació a finales de los 60 en Mae Sot, un pueblo en la frontera de Tailandia con Myanmar en el que fue monje novicio durante 6 años. Al cumplir los 20, edad en la que los novicios se convierten en monjes hechos y derechos, pasó unos seis meses en Bangkok, la capital, hasta que decidió marcharse a causa de la contaminación y continuar con el budismo en Chiang Mai, una ciudad del Norte mucho más tranquila y limpia. Su madre quería que fuese monje al menos durante cuatro años más porque, según cuenta él entre risillas, era muy nervioso y así se tomaría la vida con más calma. La decisión de su madre no es nada extraña. En Tailandia todos los hombres son monjes, al menos, una vez en la vida. Si un hombre contrae matrimonio sin haber pasado por el “trámite social” durante al menos una semana se considera que no va a tener buena fortuna y normalmente la familia de la mujer es más reticente a aceptar la unión. “Da buena suerte, indica que tu y tu familia tendréis buena vida, es bueno.. hasta el rey fue monje… 15 días!”, asegura Wat con orgullo. Además de una cuestión de prestigio social, también parece una cuestión económica. Wat no hace mucho hincapié pero se le escapa que los monjes tienen ropa gratis, educación gratis, comida gratis… así que es una salida para muchas familias. “Si tuviera un hijo”, asegura, “sería monje, al menos hasta que terminase la universidad, así no tendría que pagar nada”.

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En Chiang Mai fue monje durante 6 años más hasta que un día decidió alejarse de la vida religiosa porque estaba cansado de levantarse cada día a las cuatro de la mañana para limpiar el templo y salir en procesión a por las ofrendas. Tenía las calificaciones para ser profesor pero decidió presentarse a los exámenes de guía turístico ya que, según dice, “es como ser profesor, pero de adultos y más divertido”. Creo que también pensó que ganaría más dinero. El turismo es uno de los sectores profesionales más concurridos en Tailandia. Abrir un hostal, un bar con menús en inglés, un taxi con tarifas para extranjeros… la tentación es suculenta. Tailandia es barato y ningún turista osaría pensar que 2 euros por un plato de comida es caro, aunque un tailandés pagaría la mitad. Teniendo en cuenta que Bangkok fue en 2013 la capital más visitada del mundo, ligeramente por delante de Londres, con 15,98 millones de visitantes al año según el índice de Mastercard, dedicarse al turismo en Tailandia no es cosa de locos.

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En ese mundo y entre turistas de todos los rincones del planeta Watchara pasó diez años de su vida. Trabajaba principalmente en Chiang Mai y en los alrededores haciendo de guía de ciudad y trekking por las montañas, las tribus y pueblos cercanos, muy populares entre los turistas. Una semana por la zona basta para comprobar como la mayoría de atracciones turísticas vulneran de frente los derechos de las personas y los animales, como es el caso de las mujeres jirafa, que usan miles de collares para alargar su cuello, de los paseos en elefantes maltratados o las visitas al Tiger Kingdom para conseguir un selfie con el felino de terciopelo naranja. Los tailandeses, como las gentes de casi todo el mundo, aprovechan el tirón de sus encantos y tratan de ofrecer experiencias únicas y salvajes a los turistas que anhelan llegar a casa llenos de fotografías exóticas, sin importarles las condiciones en las que se les ofrece esa oportunidad. ¿Seguirían las mujeres jirafa colocando anillos alrededor del cuello de sus jóvenes más bonitas si cientos de turistas no se apelotonaran frente a ellas para fotografiarlas a cambio de una buena suma de dinero para el guía y para el poblado? Difícil de saber. Watchara no responde. No se plantea si el turismo impacta de forma negativa o positiva en su país, es sólo un medio de vida, una fuente de ingresos. Una salida.

Mientras era guía conoció a su mujer y tuvo a su primera y única hija. Es la primera de la clase, tiene 6 años, es lista, espabilada y hace reír a todo el mundo. Wat parece muy orgulloso de ella. Su nombre es Phone, teléfono, no porque sea un nombre tailandés sino porque Wat conoció a su mujer llamando por equivocación a su móvil y se enamoró de su voz. En realidad, Phone es un apodo, pero en Tailandia todo el mundo tiene uno y se utilizan a todos los niveles, de forma que es poco usual que al conocer a alguien te diga su nombre oficial o completo, siempre te dirá un nombre muy cortito.

De nuevo, tras diez años en el mundillo del turisteo, Wat admite que se sentía cansado de tantas idas y venidas. Su familia vivía en Pangthom, que es en realidad el pueblo de su mujer, y él seguía solo en la ciudad consiguiendo el dinero para sostenerles. En Tailandia ni siquiera el colegio público es gratuito, aunque es un coste asumible, según dice, de 2.000 baht cada 6 meses (unos 50 euros). Cuenta que un día le dijo a un turista durante una excursión que tenía unas tierras en el pueblo de su familia. El turista le animó a abrirse una granja y a invitar a voluntarios de todo el mundo para que le ayuden a cambio de alojamiento y aportando una donación económica, de ese modo, podría reunirse con la familia y tener una fuente de ingresos. El turismo le volvía a ofrecer una alternativa. Normalmente, al menos a mi juicio, en Europa se buscan voluntarios a cambio de ayuda sin esperar pago económico alguno, puesto lo que se necesita es tiempo y personas para llevar a cabo un proyecto en el que crees, como una granja ecológica por ejemplo. Pero en Tailandia, y creo que en todo el sureste asiático, la idea principal no es el modo de vida que buscas o quieres, sino el turista como fuente de ingresos, pues por otra parte con familias tan grandes precisamente gente es un sustantivo que no les falta.

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Así que hace aproximadamente un año se reunió con su familia en Pangthom y abrió Watchara Farm, una pequeña granja en una colina dónde tiene todo lo que necesita para sobrevivir. Allí se bebe agua de la lluvia, no hay electricidad, se cocina a leña y sólo se come lo que se recoge en el huerto, la ducha es una barreño de agua fría y todas las construcciones se hacen con lo que la montaña ofrece: bambú y madera. Parece una idea totalmente hippie para nosotros, pero pese a lo referente a la electricidad, todo el pueblo de Pangthom parece vivir de la misma manera, así que no es un cambio de vida radical. Se les ve cómodos. Parece que toda la familia vive bastante feliz. Phone va al colegio desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde, Deng, su mujer, cuida el huertecito y cocina, y Wat trabaja con los voluntarios construyendo nuevas cosas con bambú y otras tareas de campo. Cada noche, sus primos, tíos y sobrinos suben con sus motos a la mesa redonda a sentarse alrededor del fuego y tomar un té o unos whiskeys y para hacerlo más exótico, Wat enseña meditación y así sumerge a los extranjeros en el amplio y extraño mundo del budismo.

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En Tailandia todo el mundo es budista, al menos, todos los tailandeses. Hay pueblos cristianos y musulmanes, como los Karen y los Rohingyas respectivamente, pero no son originarios del país. Wat nos habla de ellos y de los países que rodean Tailandia (se refiere sobre todo a Laos, Myanmar y Camboya), en los que tanto el sueldo medio como las condiciones de vida son peores y desde los que llegan muchas personas en busca de un futuro mejor. En principio, no parece tomárselo como algo negativo, pero desde luego no lo ve como algo positivo. “En la década de los 80”, relata, “los pueblos Karen y Rohingya de Myanmar y los pueblos Lisu y Khong del Tibet y el sur de China empezaron a llegar a Tailandia porque creo que en su país no les tratan bien. Al principio la gente no los quería porque vivían en las montañas , cortaban los árboles y ensuciaban los ríos, pero luego el rey intervino y cambiaron los hábitos, así que la convivencia ahora es mejor”, asegura. A la pregunta de si le parece necesario apoyar a personas perseguidas por su etnia en su lugar de origen, contesta con el argumento economicista por excelencia, sin dar una repuesta comprometida y mezclando, como suele pasar, refugiados con migrantes económicos. “En algunos sectores como el cultivo de una especie de palma para gasolina (no sé exactamente a qué se refiere) ya no trabajan tailandeses, sólo personas de Birmania porque cobran menos por el mismo trabajo… Creo que es demasiado fácil entrar a Tailandia, la policía no puede controlar toda la frontera terrestre porque es muy grande (unos 1.500 kilómetros de norte a sur)”.

Lo escucho y pienso todas las vidas que se ha cobrado el mar de Andamán, como el Mediterráneo… por no contar los cientos de personas que quedan en manos de traficantes que prometen a los refugiados que llegaran a Malasia o a Indonesia, que tendrán un futuro… Es de noche y tras todo el día cargando, cortando y limpiando bambú no tengo ganas de discutir, sólo le escucho. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), unas 160.000 personas han emprendido en los últimos tres años ese peligroso viaje desde las costas de Birmania y del sur de Bangladesh. Amnistía Internacional y Humans Right Watch denuncian que la mayoría acaban prostituidos, torturados por las mafias en busca de un rescate o ahogados en el mar porque ningún país quiere acogerles. Europa no es el único lugar dónde cientos de refugiados llaman a la puerta, y tampoco es el único dónde se les cierra, pero de eso ya hablaremos en otro post.

Es domingo y es día de fiesta en el pueblo. Han conseguido dinero para construir una estatua de Buda y hoy se reúnen para celebrarlo y llenarlo de cemento, hacerlo fuerte. Vamos a ayudar a limpiar las sillas, a pelar los ajos para el banquete y a dejarlo todo listo. Es pronto, Wat nos enseña el templo y nos sentamos frente a las pinturas un buen rato. Narran la historia de Buda desde que renuncia a la vida terrenal, se convierte en monje, llega a la iluminación y enseña sus saberes a miles de personas. Wat se sabe de cabo a rabo la historia del budismo, cada detalle y cada anécdota. Durante sus años de vida religiosa memorizó cada página de las enseñanzas de Buda para poder recitarlas durante los rituales y las bendiciones de las casas. Están escritas en una lengua india antigua por lo que no todos los tailandeses la entienden. Me imagino una escena parecida a la de la sociedad europea con el latín, cuando los curas recitaban la biblia desde sus púlpitos a los fieles que escuchaban sin entender.

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¿Es duro ser monje?”… Wat nos cuenta que si en Tailandia todo el mundo está sujeto a 5 normas fundamentales (una especie de 10 mandamientos pero budistas), los monjes deben respetar 227 normas, entre ellas no estar a solas hablando con una mujer, no beber, no fumar o no comer más tarde de las 12 del mediodía. Además, se levantan a las cuatro de la mañana, limpian el templo, rezan y meditan, salen a por las ofrendas (los tailandeses les dan comida todos los días) , desayunan, van a clase, comen y a partir de entonces meditan, beben té y hacen más labores en el templo. En realidad, no sé lo estrictos que son con el cumplimiento de estas normas, ya que es muy fácil ver a monjes fumando cigarrillos, usando teléfonos y cámaras de última generación o llamando a un taxi. Pero todo el mundo sabe que la teoría es la teoría y la práctica… otra cosa. Para todo menos para algo que me parece importante: la participación de las mujeres en esa vida religiosa.

En ese aspecto, la teoría es teoría y se respeta, ya que una mujer no puede ordenarse monje. Con un poco de tensión nos detenemos en esta cuestión un buen rato y obviamente le muestro mi enfado y repulsión. ¿Por qué no? ¿Por qué todas las religiones con la misma historia sobre la mujer impura, etcétera, etcétera?… “Porque Buda lo dijo así”, esa es su respuesta. Es su respuesta para todo, exactamente igual que todas las religiones que conozco. Porque Dios lo dijo así, porque Alá lo quiso así… “Pueden ser monjas”, me dice. Sí, pero van de blanco, no pueden salir a por las ofrendas, dependen de la caridad de los monjes y no son autónomas. Prefiero ser sutil. “Ah! ¿y crees que Phone será monja algún día?”. Se ríe. De nuevo esa risilla. “No creo que a mi hija le gustase..!!”. Parece sorprendido y por algún motivo no puede dejar de reírse, como repitiéndose… ¡¿cómo va a ser mi hija monja?! Sobre budismo y patriarcado estamos preparando otro post, así que ya os contaremos más cosas.

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De Wat aprendemos que en el budismo tailandés también creen en el cielo y en el infierno, y que cuándo una persona muere pasa una temporada en uno de los dos según haya obrado bien o mal en su vida y después se reencarna. Buda y sus discípulos (que creo que son 6) ya no pueden reencarnarse porque han muerto definitivamente, se han iluminado, han entendido el mundo y han roto la cadena de muerte y renacimiento, como a Jordi le gusta llamarlo. Los dioses típicos del hinduismo (Brama, Shiva..) son una especie de ángeles para los budistas tailandeses, que se representan con la misma forma pero con diferente nombre.

Paramos en seco la conversación. El bullicio de afuera nos hace recordar que no es día para conversar… Salimos. Los monjes recitan los libros de Buda en esa lengua inentendible para sus adeptos, que se sientan en las sillas rodeando su cabeza o su cuello con una cinta blanca que cuelga del techo, buscando atraer a la buena suerte. Empieza la fiesta, el cemento vuela en cubos pequeños que todo el mundo quiere tocar, la estatua se va rellenando, la gente canta, come ensaladas y sopas y bebe té. Algunos más arreglados, otros en chándal, otros de blanco, los niños en pijama… Domingo de fiesta, al fin y al cabo.

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Empieza la semana y con ella el trabajo. Llegan nuevos voluntarios y después de cenar nos sentamos en la mesa redonda de meditación que acabamos de construir. Hablamos sobre política, es extraño. Wat parece relajado pero intenta no poner mucha pasión en el asunto. Empiezo contándole que en España tenemos un rey pero que hay gente que no lo quiere, que depende. Su primera reacción es preguntarme si cuando suena el himno real en el mercado la gente tiene que parar, levantarse y mantenerse en pie hasta que termina. Le intento explicar que en España, al contrario que en Tailandia, no suena la marcha real en los mercados, que el himno del país sólo se escucha en algunos eventos como el fútbol y que la gente se levanta por lo general pero que no es necesario. Me mira extrañado, y como queriendo confirmar, me pregunta si cuando pasa el rey por la calle hay que agacharse en el suelo. Le digo que nunca he visto al rey pero que si lo hiciera no le haría una reverencia ni loca, le saludaría con el mismo respeto que a todo el mundo pero sin más. “¿Y la policía no te riñe?”, “¡Eso me faltaba!” Ahora me río yo, aunque más hacia dentro que hacia fuera.

Watchara quiere mucho al rey actual. Dice que es muy bueno y que está del lado de la gente pobre, que no es corrupto, que es una buena persona, que ayuda con su dinero a la gente von recursos. “¿Y de dónde saca el dinero, si es rey desde 1946?”, “¿y de dónde saca dinero vuestro rey?”, “de nosotros, nosotros le pagamos con los impuestos”. Creo que no lo acaba de entender. No me explica cómo se mantiene la monarquía tailandesa, creo que no lo sabe, y parece que no le importa. Como a nadie en Tailandia. El rey es el rey y está por todos lados, se le respeta, se le venera, se le quiere, une al país y lo hace respetable. Representa todo lo bueno, la humildad, el trabajo, el budismo… De hecho, ni los militares con sus múltiples golpes de estado y constituciones nuevas osan tocar su figura, sus derechos.  “Ya es bastante mayor, ¿verdad?”. Quiero saber si se entristece. Me dice que sí pero que tiene un hijo y que bueno, algún día él será el rey. Aunque según parece, no le gusta mucho, dice que ya ha tenido 4 o 5 mujeres y que no es tan respetable. Se ríe, como cada vez que dice algo que no debería de decir, y cambia de tema.

Habla de Myanmar y de las pasadas elecciones dónde la activista Aung San Suu Kyi fue elegida de nuevo presidenta del país (ya hablaremos con más tranquilidad en otro post sobre la situación política de Myanmar). Me dice que solía haber en Tailandia una primera ministra también, mujer, “muy muy buena”. Creo saber a quién se refiere pero me hago la loca.. “Ah… ¿y porqué ya no está?”. La historia política de Tailandia es la historia de un trayecto entre la democracia y los golpes de estado. Los más recientes son los del 2006 y los del 2014, que conquistaron el poder a base de las armas e instauraron sendos gobiernos militares. El último todavía sigue en pie, por lo que a día de hoy Tailandia no es un país democrático. Wat cuenta como “los militares no estaban muy contentos y se paseaban por las calles con metralletas para mostrar que tramaban algo, que tenían poder, hasta que dieron el golpe. “¿Por qué no estaban contentos?”, le pregunto. Huum… Wat mira un segundo al fuego, y midiendo un poco sus palabras me dice que la anterior primera ministra gobernaba para los pobres, como su hermano, que tuvo el poder durante un tiempo pero tuvo que huir del país y jamás pudo ser reelegido. “Su hermano”, explica, “le animó a ella a presentarse para llevar a cabo sus propuestas y la gente la votó de forma masiva” Se muestra satisfecho porque estableció un salario mínimo para Tailandia de 9.000 baht al mes (unos 230 euros) y subió el precio que los granjeros recibían por las cosechas sin aumentar el precio en el mercado. “Hizo muchas cosas bien”, asiente. “¿Y a los militaros no le gustan las cosas bien?”, le contesto en tono de broma. Wat se ríe pero me mira serio. “No sé si bien o mal, pero no les gusta que se gobierne para los pobres. Los ricos no quieren perder poder y se quejaron mucho de que con su dinero se estaba levantando Tailandia para que los pobres fueran más vagos…” El cuento de nunca acabar, pienso. Siempre la misma historia, me tele-transporto a España un mini-segundo pero no quiero interrumpir. “Así que… ¿los militares dieron un golpe apoyados por la gente rica?”, risas de nuevo. Risas sin más.

“¿Y qué cambió?”. Esta sí parece una larga historia… Me cuenta un montón de cosas. Desde que los militares tomaron el poder no pueden reunirse más de 5 personas y hablar de política, no quedan periódicos que puedan criticar su gestión porque fueron confiscados y la libertad de expresión, como es de esperar, está totalmente coartada. Además, enfatiza, “el país no va bien, económicamente, sobre todo”. “¿Crees que son corruptos?” de perdidos al río. “No lo sé…”. Es un jardín en el que no quiere meterse. “Y porqué no le va bien al país?”, “No lo sé, Estados Unidos y Europa no están muy contentos, sólo China…” “Business?”… Le miro. La risilla nerviosa y aguda vuelve de nuevo. “¿Te gustaría volver a la democracia?” Cambio de tema. “¿A la qué?”, “a votar, a poder votar presidente otra vez”. “Ah, sí, sí. Quiero votar. Ahora Tailandia no va bien y los militares no me gustan”.

La conversación va demasiado rápido y nos sobrepasa a los dos. Es hora para la meditación. Todos en la posición del loto, respirando hondo y Buda uno, Buda dos, Buda tres, Buda cuatro…

 

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