El puente sobre el río Kwai: lecciones todavía por aprender

Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la conquista de Tailandia, el Imperio Japonés luchó duramente contra el británico por el control de Birmania. Este conflicto, que perdieron los británicos, dejó decenas de miles de prisioneros de guerra en manos de los japoneses y sus aliados tailandeses.

Tras establecer un nuevo gobierno de control en Birmania, los japoneses iban a proseguir con su conquista hacia el Oeste para volverse a enfrentar a las tropas aliadas en la India, en una desmesurada campaña militar. Para ello necesitaban movilizar a todas sus tropas y una gran maquinaria de guerra desde Tailandia y el océano Pacífico hasta la nueva frontera y, dado el peligro que suponía hacerlo por el mar infestado de buques y submarinos aliados, se decidieron a hacerlo por tierra a través de la frondosa selva birmana.

Tan siniestras mentes militares vieron muy claro cómo solucionarían ambos problemas “logísticos” (el de transporte y el de qué hacer con cientos de miles de prisioneros enemigos): construirían un ferrocarril que uniese Bangkok con Rangún por tierra a través de montañas, valles, ríos y cientos de kilómetros de jungla salvaje e inexplorada. Mejor dicho, los prisioneros y esclavos iban a construir la línea. Como no tenemos fotos de ningún tramo de la línea, algunos dibujos ilustrarán el lugar y, de paso, la época de los hechos.

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Diseñadas las directrices para la construcción de esta línea, a la que la historia ha dado el nombre de “Ferrocarril de la Muerte”, todo el aparato se puso en marcha con el plan, cuya duración se proyectaba en unos 5 años. Se inició la construcción en el 1942. El ejército japonés se encargaba de llevarla a cabo desde Rangún, y sus aliados tailandeses lo hacían al mismo tiempo desde la ciudad de Ban Pong, todo bajo supervisión del comandante (título extremadamente benévolo para describir a tamaño diablo) Hiroshi Abe. Así conseguirían tener preparados los 415 kilómetros de raíl en el menor tiempo posible.

Por supuesto, en vez de movilizar una gran maquinaria eficiente, se contaba con la mano de obra de centenares de miles de esclavos, masas humanas que abarataban los costes de producción. En vez de herramientas para la construcción, comida suficiente y horarios apropiados para el trabajo, se aplicaban severas torturas y castigos desmesurados para motivar sus fuerzas productivas hasta los límites de lo posible. Y en esto los tailandeses supieron copiar a la perfección los métodos del ejército japonés. Se propinaban duras palizas por doquier (en muchas ocasiones hasta la muerte), se torturaba encerrando durante días o meses a los presos en pequeñas jaulas de bambú, tan pequeñas que ni siquiera podían sentarse; a veces se utilizaban jaulas de metal en las que el torturado se cocía, literalmente, con el calor; se les sentenciaba arrojándolos en tanques llenos de cocodrilos a la vista de todos los oficiales y, cabe imaginar, compañeros… En ocasiones se llegaron a llevar a cabo longevas tandas de crucifixiones (no sólo bajo el sol abrasador, hay que tener también en cuenta los miles de mosquitos, moscas y demás insectos de estas junglas y ríos, con la humedad del trópico…).

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La línea exigía la construcción de centenares de puentes, entre ellos el célebre (por la película de 1957) “puente sobre el río Kwai”, cerca de Kanchanaburi, el principal campo de “trabajo” en Tailandia. Con herramientas y métodos más que rudimentarios, en pésimas condiciones y bajo el acoso de los japoneses, estas construcciones sentenciaban la muerte de miles de trabajadores. Tenían que trabajar sumergidos en las insalubres aguas, muchos caían desde los puentes y construcciones de tablones de madera en los que trabajaban precariamente sin ningún tipo de seguridad, dormían en diminutos barracones de bambú en la selva, apenas comían dos raciones de arroz blanco al día…

Y la peor parte, las enfermedades. Imagina: con heridas abiertas por el trabajo y las palizas, la mala alimentación, la humedad de las selvas, la suciedad de los ríos, durmiendo al aire libre, con millones de constantes mosquitos, moscas y piojos alrededor, serpientes, y con diversos monzones que de vez en cuando tocaba soportar. Malaria, disentería, cólera… se propagaron con facilidad en los tramos más difíciles.

El recuento final de este episodio es que la línea de ferrocarril birmano-tailandesa fue terminada en unos 16 meses tan sólo. En su construcción murieron, según la fuente que se consulte, entre 100.000 y 200.000 personas. Sí, lee otra vez. Un puto ferrocarril. Alrededor de un 80% fueron esclavos y prisioneros asiáticos (chinos y birmanos, en su mayoría) y un 20% prisioneros aliados (entre británicos, holandeses, australianos y estadounidenses). La línea se utilizó durante apenas 20 meses, hasta que en 1945 los bombardeos aliados destruyeron varios de sus enclaves (entre ellos el puente sobre el río Kwai, que más tarde fue reconstruido y puede visitarse hoy en día como memorial/atracción turística morbosa). Para eso sirvió todo. La construcción del “Ferrocarril de la Muerte” supuso, en su totalidad, el conjunto de campos de concentración y trabajo más grande del continente asiático durante la Segunda Guerra Mundial.

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Cuando leemos este tipo de hechos nos repugnan profundamente, sentimos desprecio por aquellos oficiales y aversión moral por aquellos episodios en los que la vida humana parece no tener valor alguno. En este caso, unas mentes tiránicas asentadas en el poder llevaron a cabo un sangriento plan para la consecución de sus objetivos. Hablamos de poder social militar, y estos objetivos se traducían en beneficios derivados de la expansión militar territorial de su imperio. Su gran maldad reside en la perspectiva que adoptaron, convirtiendo a miles de personas humanas en meros problemas logísticos, ecuaciones que solucionar, recursos materiales. Como tal los trataron y como tal murieron. Tampoco hemos de olvidarnos de todos aquellos soldados y funcionarios, japoneses y tailandeses, cuya profunda mentalidad autoritaria hizo posible la construcción del raíl. Esta mentalidad autoritaria se caracterizó por una vertiente sádica (los fusilamientos, la aplicación ciega de castigos y torturas, muchas veces con cierto placer, a aquellas personas que consideraban inferiores) y una masoquista (la aceptación de cualquier orden y castigo, que les hizo participar de aquellos episodios también insalubres, peligrosos y dolorosos para ellos, como en general lo es la guerra, por parte de aquellas personas que consideraban superiores), es decir, aceptar llanamente que existe un sitio para cada uno, desde el que se obedece a los de arriba y se abusa de los de abajo sin importar los límites o las obvias consecuencias.

Pero el poder militar no es la única forma de poder social que se impone con violencia. Existen muchos tipos, que predominan según la época, la cultura, el contexto económico y político particular. En nuestro tiempo, el poder económico marca las pautas de nuestras vidas en mayor medida (sigue predominando la forma de poder militar en muchas sociedades, en las guerras y postguerras en oriente medio, Birmania o Corea del Norte). Para la consecución de múltiples beneficios económicos también convertimos en recursos la naturaleza y la vida de las personas, susceptibles de explotación si los números cuadran. En otro post vimos cómo en Borneo se quema la selva, destruyendo infinitos hábitats únicos, suponiendo la muerte de unas 500.000 personas y graves problemas de salud en 4 países distintos, en nombre de los beneficios obtenidos para la industria del aceite de palma. Las grandes corporaciones de la actualidad, en cooperación con múltiples gobiernos, destruyen modos de vida, organizan sistemas (semi)esclavistas para la producción de productos tecnológicos o textiles, como lo son en Bangladesh o el norte de México. Para abaratar los costes y así comprar un par de miles de acciones más, u otro yate o avión, estos ejecutivos diseñan sistemas donde miles de niños y niñas trabajan 12 horas al día para ganar dos dólares y ayudar así a pagar una injusta deuda familiar. Para no dañar algunos beneficios bancarios, organizamos “rescates” y hasta un sistema legal y de deuda “pública” que pone en entredicho la salud, la vivienda, los trabajos y la educación de miles de personas en nuestros países, justificando estos intereses pero ignorando completamente, por ejemplo, la pobreza infantil.

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Es fácil de entender utilizando el símil con un caso radical como es el de los campos de concentración y los crímenes de guerra. En este caso, a la vez que víctimas cuyas vidas y derechos se subordinan a las cuentas empresariales (a la mera logística económica), también actuamos como los soldados. Por una parte, aceptamos toda esta violencia que recibimos con resignación, sin responsabilizar ni cuestionar a nadie, como natural. De igual manera, la vertemos sobre aquellas personas cuya situación es más vulnerable (las personas refugiadas, o aquellas que con gran miseria tejen nuestras ropas y fabrican nuestros móviles…), la aceptamos y la justificamos. Los soldados dicen “órdenes”, nosotros decimos “mercados”.

Esta comparación, obviamente, no puede utilizarse a la ligera ni fuera de contexto, para cualquier situación. Pero habitualmente lo más miserable acerca de los peores episodios de nuestra historia, como éste, es que como sociedades no aprendamos ninguna lección de ellos.

 

 

 

 

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2 thoughts on “El puente sobre el río Kwai: lecciones todavía por aprender

  1. efectivament, no ens hem ensenyat res, efectivament, claudiquem davant del poder
    i Jordi continua sent el gran dibuixant que sempre ha sigut 🙂

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