Una casa para todos en las afueras de Yangón

Todas las religiones mayoritarias que conocemos están llenas de buenas intenciones. A los católicos, los mandamientos les llaman a tratar al prójimo como a sí mismos, a los musulmanes les sugieren compartir y ser austeros y por ello dar (en algunos lugares) el 10% de su salario a los más pobres, a los budistas Gotama Buda les induce a no matar a ningún ser vivo y amar a cada uno de ellos con compasión y sinceridad.

Palabras y palabras repetidas y reinterpretadas a lo largo de los siglos, desde que Jesús vivió hace 2.016 años, Buda nació hace 2.558 y Mahoma murió hace 1.384. Años de buenas intenciones recitadas desde púlpitos de oro, pagodas y grandes catedrales que poco se asemejan a esa idea de dar, a esa empatía con el prójimo que tanto proclaman. Décadas de lucha por los adeptos, como si convertir a los pobres infieles fuese una salvación en sí misma más allá del analfabetismo, los problemas de salud o el acceso a agua potable.

Ante este escepticismo que me corroe y tantos múltiples ejemplos de vanidad y corrupción, siempre es bueno encontrar excepciones. Esta entrada es sólo para hablaros de una de ellas.

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Birmania es uno de los países más budistas del mundo. Los birmanos siguen la corriente Theravada al igual que su vecina Tailandia (en el budismo hay dos corrientes mayoritarias, la Theravada y la Mahayana, más practicada en el Tíbet, China o Japón) y según los censos oficiales, alrededor del 89% de la población se declara budista (el resto por lo general son hindúes, musulmanes o cristianos). Es el país con más monjes y novicios en comparación con la población total y los templos y pagodas se extienden como una plaga por las llanuras y montañas limpiando el karma de cientos de sus mecenas.

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Según las creencias budistas, los que se han portado mal durante sus vidas pasarán la próxima encarnación en forma de una rata, una rana o algún otro animal de orden inferior. U Po Kyin era un buen budista y estaba decidido a evitar ese peligro. Dedicaría sus últimos años a las buenas obras, que se amontonarían en la balanza y vencerían al resto de su vida. Probablemente, sus buenas obras consistirían en construir pagodas. Cuatro pagodas, cinco, seis, siete –– ya dirían los sacerdotes cuántas se necesitaban ––, con piedra labrada, sombrillas doradas y campanillas que tintinearían al viento (cada tintineo equivale a una plegaria). Y volvería a la tierra en forma de varón––una mujer está al mismo nivel que una rata o una rana–– o quizás, en el mejor de los casos, como un animal superior: por ejemplo, un elefante. George Orwell, Los días de Birmania

Las imágenes de los monjes haciendo la colecta de comida matutina son comunes y rutinarias. Los monjes suelen vivir en monasterios, meditar, intentar tener una mente sana, bendecir las casas y recitar durante las ceremonias. Enseñan inglés a los novicios y comparten sus conocimientos de budismo. La vida espiritual es lo más importante y mantiene a la comunidad feliz, ya que beneficia a todos los birmanos. Las mujeres pueden ser monjas y vivir en monasterios pero durante las colectas sólo pueden recoger alimentos sin cocinar, al contrario que los hombres, porque ellas sí tienen tiempo para los fogones…

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Este último precepto es el único que se cumple en Thabarwa Center. Allí los monjes y monjas no viven en un monasterio, ni se dedican solamente a meditar y mantener el templo limpio, ni recogen comida y dinero sólo para ellos. Más bien todo lo contrario. Cada día, gracias a las colectas y donaciones, alimentan a más de 2.500 personas con las que conviven cerca de Yangón.

La idea emergió de Thabarwa Sadaywa cuándo sólo tenía un local en la calle 45 de Yangón dónde meditar. Durante sus años de monje le preocupaba que no existiese un centro de meditación permanente dónde todo tipo de personas pudiesen vivir y meditar sin más preocupaciones, así que decidió que su buena obra (el budismo Theravada se basa en la meditación y las buenas obras) sería construir un centro de esas características. Con este proyecto en mente y unas tierras que consiguió, fundó su propia comunidad en Thanlyin, dónde estaba decidido a llevar su idea a cabo.

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Ocho años más tarde, sigue ofreciendo comida, techo y educación a todas las personas que quieren residir en éstas parcelas y a cambio cada uno contribuye con tareas voluntarias. “Esto es casa para todos, para toda la familia”, asegura Sayadaw. Los extranjeros de cualquier parte del mundo también son bienvenidos por tiempo ilimitado y sin precio alguno. Los lujos están fuera de lugar, pero la comida, el agua potable, una esterilla para dormir, atención médica y luz eléctrica están disponibles para todos por igual.

Por ello no es de extrañar que del total de 2.545 residentes en junio de 2015, 747 tuviesen más de 60 años y 526 fueran pacientes de cáncer, tuberculosis, sida o enfermedades mentales. Muchos no tienen a dónde ir, no pueden pagar las rentas de sus viviendas en Yangón porque los precios de alquiler han aumentado en las últimas décadas, han perdido sus territorios o su familia o no tienen dinero para tratar sus enfermedades. Sayadaw los acoge con los brazos abiertos. Cree firmemente que a través de la meditación pueden conseguir la felicidad.

“Aquí la mayoría de gente está enferma, no tiene buena salud, no es rica ni es joven, pero la mayoría de las mentes están limpias y sanas, con menos deseos de los que exige la sociedad (…). En sociedad trabajamos para nosotros, para la familia, pero no para todos. Aquí todos trabajamos por todos “, asegura.

 

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Thabarwa (Sayadaw)es el nombre completo del monje creador de esta comunidad, un líder religioso de Birmania extremadamente venerado por sus vecinos. También significa, en birmano, natural, y esa es exactamente la palabra que usaría para definir tal lugar. En cierta manera es lo más parecido a una organización anarquista que jamás he visto, nadie organiza a nivel general nada, ni sabe todas las tareas que hay que hacer diariamente, no hay un “jefe” que coordine o mande ni nadie por encima de los demás. Sólo pequeños grupos de gente que se organizan diariamente para cocinar, conducir los camiones de las colectas, limpiar, fregar los platos, pasar consulta, dar clase, conversar con los enfermos… solucionar de manera espontánea e independiente cualquier necesidad que se presente. Aunque existe el sentimiento de veneración absoluta hacia Sayadaw, nadie sigue órdenes directas, pues su único mandamiento es el de hacer buenas obras.

A los extranjeros nos hablan sobre budismo, nos enseñan a meditar, nos invitan a pasear por el pueblo y hablar con la gente o a unirnos a las actividades diarias. Todo de forma totalmente voluntaria y opcional. Por todos los rincones aparecen niños sonrientes y gritones que chapurrean dos palabras en inglés y miran todo lo que hacemos con interés. Corren, te abrazan, se suben a tu espalda y te persiguen hasta que no puedes prestarles más atención. Muchos están enfermos y tienen manchas en la piel y el cuero cabelludo. Las mujeres mayores te acompañan al interior de sus casas de bambú dónde viven con su familia para invitarte a un té y preguntarte de dónde vienes, aunque no sepan ni una palabra con la que puedan comunicarse contigo. Quieren que conozcas a los suyos y divertirse un rato.

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Muchos voluntarios permanecen un tiempo. Imparten talleres de inglés, de pintura o de coreano (muchos birmanos sueñan con conseguir un trabajo en Corea del sur que les saque de la pobreza) o hacen revisiones dentales. De la nada salen monjes que se ríen de la muerte y te cuentan entre risas que un niño de 15 años acaba de suicidarse o que un señor mayor acaba de morir. La filosofía budista impregna, desde luego, esta comunidad y los hombres de granate se encargan de enseñarte cuáles son sus pilares y qué poco sentido tiene la muerte para alguien que no cree en un “yo”. Todas las mañanas te invitan a unirte a la recolecta de comida, que transcurre en silencio por las diferentes calles de los alrededores.

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Cada uno contribuye con lo mejor de sí mismo y sin saber cómo, entre el polvo de las calles, el ruido de las motos, las canciones de los rezos y los gritos de los niños, todo va como la seda. A las 6 el café espera caliente en los termos, a las 7 los camiones están preparados para salir en marcha, a las 11 la comida está lista,  etcétera, etcétera.

Cada día amanece y oscurece en un pueblo dónde el tiempo lo marca el sol, dónde no importa con lo que vienes o lo que llevas a cuestas, dónde todo el mundo te recibirá con la mejor de las sonrisas sin saber tu nombre ni a qué te dedicas. Dónde las palabras de la palestra y un libro viejo de hace más de 2.000 años escrito en una lengua que ningún birmano medio puede hablar (Pali), abandonan su vacío significado y se aplican, de facto, con sinceridad.

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Para los que visitéis Yangon y queráis pasaros por Thabarwa Center, podéis encontrar los datos de contacto en su perfil de Couchsurfing o Workaway. Un saludo!

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