La etnia chin y el mundo al revés

Había una vez, en las remotas y altas tierras de Birmania, una etnia tibeto-birmana que parecía hacerle frente al mundo. Allí, las mujeres ancianas iban tatuadas y llevaban dilataciones, la flauta se tocaba con la nariz y no con la boca, las escopetas para cazar se fabricaban a mano y menos los tigres, todos los animales eran bienvenidos en los fogones. Parece una historia de años ha, pero se narra en presente.Viajando aprendes miles de cosas y quizás la más importante es que tu concepto de normalidad se redefine, pierde sentido, se adscribe solo a un lugar y a unas gentes y deja de ser un valor universal. Una escapada al corazón del pueblo Chin es suficiente para darte cuenta de ello una vez más.

La excursión no empezó demasiado bien. De hecho, creo que fue el peor de nuestros días en el país. Hacía un calor de perros y el transporte en Birmania es un poco complicado, así que nos levantamos pronto para averiguar cómo llegar de Nyang U (Bagan) a Mindat (estado de Chin). Preguntamos en varias “oficinas” de transporte y nos indicaron que lo mejor era coger un autobús a Pakokku y de allí otro a nuestro destino. Perfecto. Llegamos a la estación de autobuses local y preguntamos al birmano hindú que manejaba el cotarro (los ingleses administraban Birmania como si fuese la India durante la colonización ya que comparten frontera y trajeron muchos oficiales hindúes al país, por lo que la población de origen indio es alta). A pesar de que la mayoría de birmanos son alegres y agradables, nos tocó lidiar con uno de los pocos decididos a hacer la vida de los occidentales imposible. Durante tres horas intentamos negociar un precio racionable con él, que intentaba cobrarnos el triple de lo normal, pero no fue posible. Después de contestarnos fatal y reírse de nosotros delante de todos los birmanos, mandó salir al autobús y nos dejó allí plantados. Así que tuvimos que hacer autoestop. Una furgonetita llena de sacos de arroz hasta arriba nos recogió y nos acercó amablemente.

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Llegamos a Pakokku con la alegría recargada, pero no nos duró mucho. En lo que parecía la estación de autobuses nadie comprendía ni una palabra de lo que decíamos y un montón de niños nos perseguían pidiéndonos dinero hasta que un joven nos indicó que para ir a Mindat había que ir a otra “estación” de bus, al otro lado del pueblo. Andamos, andamos y andamos bajo un sol de justicia preguntando a todo el mundo en el poco birmano que sabemos: paská gate? Paská gate? Todos señalaban en la misma dirección, parecía que era el camino hacia la estación era correcto, menos porqué llegamos al final de la ciudad y allí no había nada parecido a lo que buscábamos… Unas chicas que salían de su clase de inglés nos preguntaron y llamaron a un taxi, pues nos dijeron que la estación estaba justo en la dirección opuesta. ¿Por qué nos han enviado hasta aquí?, me quejo mirando a Jordi, que empapado en sudor encoje los hombros. Era medio día y caía un sol de justicia. Llega el taxista, le explicamos que queremos ir a Mindat y después de media hora nos entiende. Por fin, vamos para allá. Para nuestra sorpresa no nos lleva a ninguna estación, sino a dos casas particulares consecutivas. En la primera, un señor sale en su longi y en camiseta interior y nos dice con sorna que a Mindat “hoy no ni mañana tampoco”. Se queda en silencio, nos mira y se ríe con el taxista, un chico joven que no tendría más de 15 años. Empezaba a ponerme de bastante mal humor… Le repito al chico si por favor nos podía llevar a la estación y después de discutir con el señor en birmano nos conduce cinco minutos hasta otra casa. La cara de sorpresa de Jordi me hace reír, pero por fin, alguien nos atiende más o menos amablemente y nos dice que mañana a las 8.30 de la mañana podemos coger un autobús. Preguntamos por un lugar para dormir y nos dan el nombre de un hostal barato, justo en el otro lado de la ciudad, dónde estaba “la estación” falsa. Decimos que bien que gracias y volvemos a las andadas, pero por nada del mundo queríamos volver a la otra punta de la ciudad, con las mochilas y con aquel calor humeante. Recordamos haber visto un hostal cerca así que nos dirigimos hacia allí. Pero Pakokku no estaba decidido a dejarnos respirar en paz. Sin saber todavía porqué ni para qué , el señor que habíamos visto en la segunda casa nos perseguía con la moto a todos los sitios a los que parábamos a preguntar si tenían habitación libre. Pensábamos que podía estar ayudándonos a pesar de su cara de vinagre y su expresión hierática pero nos dimos cuenta de que avisaba a todos los hoteles de que no nos acogieran. Así que allá dónde preguntábamos nos decían que tenían todas las habitaciones llenas, a pesar de que no se veía ni un alma ni habíamos visto a ningún turista por la ciudad. ¿Es un policía? ¿Qué quiere este señor? No entendíamos nada… así que decidimos “despistarle” y meternos en una cervecería a ahogar las penas. Aún le vimos pasar con la moto a relentí, teléfono en mano y cara de preocupación… como buscándonos por todos lados. No podíamos aguantarnos la risa. Al final, conseguimos sitio para dormir y al día siguiente pudimos coger una minivan a Mindat. Y como toque final, a modo de despedida, el señor espía nos esperaba… ¡dentro de la furgoneta que vino a por nosotros! Os podéis imaginar nuestra cara de sorpresa…

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Mindat nos recibió con otra energía. La furgoneta iba llenísima de gente, todos sudábamos como locos y los birmanos iban escupiendo por las ventanillas todo el trayecto, pero después de lo del día anterior, respirábamos con más tranquilidad.

Llegamos a un pueblo pequeño en la cresta de una montaña , coronado por un extraño monasterio y lleno de pequeñas casitas de madera, bambú y techos de lata.

Lo que más llama la atención a primera vista es ver a todas las mujeres mayores con la cara tatuada, muchas veces en forma de tela de araña, muchas otras con diferentes motitas y motivos y algunas con la cara absolutamente negra teñida por la tinta. El último tatuaje facial se hizo en 1997, como más tarde nos explicó el guía de una suiza que conocimos en la cena, Sivani. Así que parece que la moda está destinada a desaparecer…

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El motivo de los tatuajes es difícil de entender. Nosotros íbamos sin guía así que preguntar era un poco difícil, porque los Chin hablan su propia lengua y el inglés todavía no ha llegado a la zona. Sin embargo, después de algunas averiguaciones parece que no hay consenso entre los que creen que las telas de araña empezaron por pura estética y los que opinan que fue por pura defensa. Al parecer, uno de los reyes de algún estado de Birmania raptó a muchas mujeres Chin, obsesionado por ellas, y éstas con la cara tatuada esperaban parecerle menos atractivas a la vez que, si se las llevaban, al menos todo el mundo sabría de dónde venían y qué había pasado con ellas.

Las largas pipas de madera en las que fuman tabaco y hojas de banana también atrapan nuestra mirada. Sobre todo porque fundamentalmente las llevan las mujeres, aunque en todo el país hemos visto que la mayoría de fumadores son hombres (como en Tailandia, Malasia o Indonesia). Pienso para mis adentros que me gustan las mujeres Chin.

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Paseamos y paseamos por el pueblo y los alrededores. La gente nos saluda al pasar, los niños se apelotonan en las ventanas y las puertas y en dos ocasiones nos invitan a pasar a sus casas. Una para ofrecernos una taza de café y otra para hacernos probar el vino local (yuu), de color amarillento y proveniente de una planta. Hace un poco más de fresquito que en las llanuras de Bagan, pero los birmanos van vestidos con jerséis de lana, sudaderas, gorros y calcetines con chanclas. ¡Incluso algún guante! Nos miran en manga corta y se ríen sorprendidos… ¡De qué país más frío debe venir esta pareja!

Como en el resto de Birmania, no hay menú, al menos en inglés. Así que la mayor parte de las veces te sientas en la mesa y los dueños del local te sirven lo que tienen en ese lugar en concreto. Normalmente es un cuenco de arroz con un guiso de carne o pescado y un montón de platitos con diferentes verduras y especies. El arroz es ilimitado así que no puedes quedarte con hambre, por lo que Jordi está muy feliz…

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El pueblo está lleno de escuelas evangélicas e iglesias cristianas de todo tipo (metodistas, bautistas..) ya que durante la colonización inglesa muchos misioneros americanos llegaron a buscar adeptos a la zona. No obstante, el dueño del museo local nos explica que los Chin mantienen vivas muchas de sus tradiciones, como la del chamanismo y los sacrificios.   “Yo mismo sacrifiqué a dos búfalos en verano”, asegura mientras nos muestra unas fotografías de él y su padre con dos cabezas colgando de unas maderas. “Les cortamos los cuernos, los rellenamos con vino y bebemos para celebrar el sacrificio”, explica orgulloso. Señala a los tablones de madera que tiene en la puerta de casa y detalla que significan el número de búfalos que ha ofrecido cada familia. Según nos cuenta, cuándo algún familiar se pone enfermo acuden al chamán y éste, además de curas y más consejos, les advierte de cuántos animales deben ofrecer, “una vida por otra”, pienso. Por eso, en muchas casas de Mindat, las cornamentas de los búfalos lucen en las fachadas ordenadas de mayor a menor.

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El dueño del museo nos explica muchas otras cosas. Habla un inglés muy bueno y lleva quince años recolectando piezas claves de la historia de su pueblo: fotografías, collares de monedas, cinturones de cascabeles para espantar a los tigres, machetes, dilataciones enormes, calaveras de animales… Las expone en una pequeña habitación de su casa y sueña con construirse un museo de verdad. Nos enseña las escopetas con las que todavía cazan (hechas a mano) y algunas de las que usaban los ingleses de época. “En la zona cazamos hasta monos u osos”, nos dice señalándonos sus esqueletos, “menos tigres, comemos de todo, aunque también cazamos alguno de vez en cuando”.

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Durante la cena conocemos a Sivani y su guía, con los que aprendemos mucho de los Chin. Ellos han estado en ruta por la región un par de días y han hecho fotos increíbles, así que le pedimos a Sivani que nos las envíe para compartirlas con vosotros. No os perdáis la flauta nasal y las súper dilataciones que se llevan por estos lares!

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Fotógrafa Sivani Boxall, la podéis seguir en instagram she23b 

Justo al día siguiente de abandonar Mindat, ya en Mandalay, leemos en el periódico que un incendio ha arrasado el mercado local, en el centro del pueblo, reduciendo a cenizas 31 establecimientos. El motivo: una disputa entre un joven de 21 años y su padre. El mercado estaba justo en frente del hostal dónde dormíamos… un día más tarde y nada hubiese estado allí. Es extraño pensarlo. Los Chin y el mundo al revés… que mundo este, tan volátil..!

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Birmania y las minorías

 En el post sobre la minoría Shan y la historia política de Birmania podéis leer más sobre la importancia de comprender y respetar a las distintas etnias del país. En todos los territorios, incluido el de los Chin, hay guerrillas en activo contra la Junta Militar por cuestiones muy de fondo que se explican en el artículo. La guerra civil birmana es una de las más largas del mundo y las elecciones no han traído la paz al país. 

 

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3 thoughts on “La etnia chin y el mundo al revés

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