Laos, un mes en autoestop

Laos… ese país desconocido. Antes de llegar todo es una incógnita. Viajas, viajas y conoces a decenas de turistas que te cuentan lo bonito que es Tailandia, lo que tienes que ir a ver sí o sí en Birmania, la isla paraíso que esconde Camboya, el trekking súper guay del norte de Vietnam… pero, ¿y Laos? Lo único que se repite de testimonio en testimonio es la experiencia del slowboat, un barco de madera que te lleva desde las tierras cercanas al territorio siamés hacia la mismísima Luang Prabang, la ciudad más encantadora de Laos. Una vez allí… ¿qué camino sigue la gente? ¿cuáles son los rincones que todo viajero debe conocer? Preguntas sin respuesta. No obstante, todos estos viajeros repetían, como sacada de un libro, una misma frase: “me encanta Laos… sobre todo, sobre todo, por la gente, la gente es maravillosa”.

Así que sin ningún recorrido planificado ni nada imprescindible que quisiéramos ver, decimos que lo mejor que podíamos hacer era intentar descubrir esa maravilla de la que todos nos habían hablado. Una maravilla de nombre… un poco alienígena: los laosianos.

Para ello pensamos que era una gran idea recorrer el país en autoestop, de norte a sur. Un mes, 9 remolques, 4 coches, 4 furgonetas y 1.307 kilómetros de estricto autoestop más tarde, podemos deciros que no ha habido mejor manera de adentrarnos en el verde y humilde Laos. 

Clica para ver el itinerario en grande!

La aventura laosiana empezó, como la de casi todo viajero, en el famoso slowboat, como decíamos, nuestra única recomendación imperdible de Laos. Durante dos días navegas en un barco de madera por el Mekong, uno de los ríos más importantes de Asia y famoso en todo el mundo por la guerra de Vietnam. El trayecto comienza en Huay Xai, pasa por Pak Ben dónde se para a dormir, y sigue hasta Luang Prabang, la joya de Laos (en el mapa, los números 1, 2 y 3). Durante el viaje descubres que un río puede tener playas, que a las vacas les encanta pasear por la arena y que Laos se presenta como un país lleno, llenísimo, de vegetación. Pero también… que es muy fácil convertir la idea romántica de zarpar por el Mekong en un crucero que parece tener como destino Ibiza en julio: música, cerveza, camisetas de tirantes y rojo gamba como tono de piel. Los turistas somos así…

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Llegamos a Luang Prabang encantados de ver que por fin podíamos comer bocadillos, beber café de máquina (una de las herencias de la colonización francesa) y caminar por la calle con total tranquilidad, sin miles de coches pitando y pasando a todas horas. Mientras descubríamos la ciudad y nos acostumbrábamos al calor, decidimos leer algunos blogs sobre otros viajeros que habían hecho autoestop en estos lares y … parecía que no iba a ser muy fácil. Aparentemente, los laosianos no entienden muy bien el concepto por lo que intentaban cobrarles o les llevaban sólo por unos kilómetros. Así que nos hicimos con una carta escrita en lengua lao dónde explicaba quiénes éramos, qué era el autoestop, etcétera y, además, cada día escribíamos en letras grandes la ciudad a la que nos dirigíamos, para no dar pie a ninguna confusión.

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Con la faena hecha, empezamos la aventura. Y la verdad si tuviésemos que definir la experiencia por el primer día.. sí, diríamos que hacer autoestop en Laos es bastante difícil. Para empezar, hace un calor de justicia que te persigue sea cual sea la hora del día, y para seguir… te toca esperar, mucho. Por si fuera poco, todo el mundo se acercaba a nosotros para decirnos en el poco inglés que sabían que lo que hacíamos era imposible, que quién nos iba a llevar gratis, que mejor cogiéramos un autobús, que a Vang Vieng era barato… Cuándo les enseñábamos la carta se reían a carcajadas y nos deseaban suerte. Eran ya casi las tres de la tarde y nos veíamos dándonos por vencidos en el primer intento y cogiendo ese autobús de la salvación…. Pero no. Finalmente una familia paró, nos subió en el remolque de la furgoneta, nos ofreció agua y nos llevó por una carretera preciosa y entre montañas de fantasía directos hasta Vang Vieng. A partir de ahí, más o menos, la cosa vino mucho más rodada.

De ese primer día, no obstante, hubo algunas cosas que nos persiguieren durante todo el mes. La primera, el calor abrasador que te toca tragarte cuando eres autoestopista en Laos, sobre todo, si eliges el mes más caluroso para visitar el país y te toca lidiar con más de 40 grados de temperatura en el remolque de una furgoneta sin techo durante un montón de horas… Algunos laosianos nos ofrecían refrescos y otros paraguas para taparnos del sol, pero, aún así…el golpe de calor y una buena sudada no te los quita nadie.

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La segunda, indudablemente, el encanto de Laos. Todas las carreteras que tomamos, desde Vientián a Na Hin, desde Pakse a Champasak, más al este o más al sur, todas nos descubrieron un trocito del maravilloso país que se dibujaba de parte a parte, de su naturalidad y su increíble belleza. Y es que todavía el 65 % de la superficie de Laos está cubierta por selvas, la mayoría de caminos (menos las carreteras principales) son de tierra y todos los seres vivos campan a sus anchas por cada esquina. Pollos, vacas, cerdos, gallos, perros, gatos, cabras, bueyes… y niños, infinidad de niños, corren por cada rincón, revolotean a tu alrededor y se fusionan con un entorno verde que parece de película. Los hombres se juntan bajo una sombra para jugar a la petanca y beber cerveza como locos, las mujeres llevan los restaurantes o los hostales para turistas y pelan ajos y verduras ataviadas con su falda tradicional. Laos no tiene playa, pero sus ríos lo convierten en un país isleño, naturalmente relajado y lento, dónde el tiempo no sirve más que para molestar y dónde todo se toma con calma. La vida discurre tranquila, al contrario que en sus países vecinos, por eso es uno de esos países que más que para verse, es para vivirse.

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Y la tercera, y para la que habíamos venido, la bondad de la gente laosiana. En una ocasión, dos hermanos nos recogieron en Pakse dirección Champasak. Iban al pueblo de su familia, que pillaba de camino, pero hablaban poco inglés y no nos entendíamos mucho. Cuando llegamos a su destino, nos despedimos y nosotros seguimos hacia la carretera para seguir con el autoestop. Pasados menos de 15 minutos, vimos aparecer al chico de nuevo. ¡Volvía para llevarnos a nuestro destino! A pesar de que él no iba allí y de que era hora de comer. Si no fuese suficiente con eso, nos ofreció unos cigarrillos mentolados y como vio que nos gustaban, nos regaló la caja entera y se volvió a su pueblo tan contento.

Otro día, un poco más al norte, nos recogió un profesor de universidad que volvía al sur, a su pueblo natal, a pasar sus vacaciones. Nuestra idea era parar en Savanaket pero Sopa, así se llamaba, tenía pensado llegar hasta Pakse, salir de fiesta y dormir allí. Fue tan bueno con nosotros (nos compró papas, cocacolas, agua…) y tenía tantas ganas de que fuéramos con él y su primo a la discoteca que al final decidimos seguir hasta Pakse y cambiar al ruta. Nosotros insistimos en pagar la cena y no sólo no nos dejaron pagarla entera sino que nos invitaron a cerveza toooda la noche. La verdad es que nos pegamos una buena fiesta…

En un pueblo pequeñito del sur, unos señores nos invitaron toda la tarde a beber con ellos y jugar a la petanca; la camarera de un bar me peinó allí mismo sólo porque le dije que me encantaba su peinado… Y hasta tuvimos problemillas con el autoestop sólo porque son tan buenos que no son capaces de verte hacer algo que no entienden sin intervenir. Algunos paraban y como no sabían inglés llamaban a los amigos para que habláramos con ellos por teléfono a ver si nos podían ayudar, otros venían desde el bar de enfrente a explicarnos detalladamente como ir a coger el autobús e incluso otros nos ofrecían llevarnos a la propia estación. Esto es muy bonito como recuerdo, pero en ese momento, con un sol de justicia y viendo pasar a posibles coches en los que podrías estar subiendo… deseabas que nadie se preocupase por ti ni por lo que podría pasarte.

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Y como siempre tienes que tener cuidado con lo que deseas, el último día nos tocó lidiar con un poco con ese pasotismo. Salimos de Champasak sin batería en el móvil porque habíamos estado en una isla súper tranquila y rural y no habíamos podido cargarlo, así que no podíamos acceder al mapa que teníamos descargado. Nos costó encontrar la carretera en la que teníamos que hacer el autoestop y después de una barca y un medio taxi que nos arregló una mujer en un pueblo desierto, llegamos a un buen sitio. Hacía ya un calor agobiante y no nos paraba nadie… Al final nos recogió una familia en un remolque que decían ir a nuestro mismo destino. En resumidas cuentas, además de que nos pidieron dinero nada más llegar, nos dejaron al otro lado de la isla a la que íbamos, en un pueblo sin lugares para dormir, ni autobuses, ni taxis, ni restaurantes. Sí o sí había que llegar al otro lado, a la ciudad principal. Eran las tres de la tarde y desde que habíamos desayunado todo lo que habíamos comido era calor del sol…pero la opción de andar 10 kilómetros con las mochilas y la media insolación, aunque terrible, se impuso. El autoestop también tiene estas cosas…

De Laos nos llevamos una experiencia increíble y la gran satisfacción de saber que no todo se consigue con una transacción económica, que no todo el mundo que te trata bien quiere algo a cambio, que muchas veces la mera experiencia de vida se superpone al interés monetario. La bondad de personas que viven en el país más bombardeado per cápita del mundo, como os contamos en nuestra página de Facebook, te deja con la boca abierta y la necesidad de reestructurar todas las escalas de valores aprehendidas hasta el momento. Las caras de diversión de la gente que intentaba interactuar con nosotros y con la que no podíamos intercambiar ni una palabra para entendernos, las risas y miradas de curiosidad de los laosianos mirando como escribíamos en su propio alfabeto, acercándose a ver quiénes éramos y qué estábamos haciendo… Esa manera de actuar tan natural y tan humana, esa sal de la vida, esa chispa que te hace detestar a Hobbes y querer gritarle que no, que la maldad es relativa, que en el fondo fondo, todo el mundo busca una sonrisa.

Gracias Laos!!

 

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