Crónicas de tren I: Putin, Vodka, Balalaika

Un viaje tan intenso no podía terminar con un vuelo directo de vuelta a casa… Demasiado repentino, abrupto y rudo, necesitábamos una manera un poco más lenta, una especie de transición. Así que aquí estoy, escribiendo estas letras desde uno de los trenes más conocidos por los viajeros del mundo: el transiberiano. Uno de los trayectos ferroviarios más largos que existen, cuyas vías unen Rusia desde el Pacífico hasta Moscú, la capital. ¡Había escuchado tantas historias sobre estos vagones que la espera de un día en Vladivostok, la ciudad de partida, se hacía eterna!

Y no porque no fuese bonita. La llaman los Ángeles de Rusia, tiene playa, es colorida y quizás es lo más parecido a un verano estilo Benidorm que los rusos pueden tener en su propio país. Llegamos un 1 de junio con la misma ropa y mochila con la que recorríamos el sudeste asiático y cruzando los dedos para que el frío fuese lo menos siberiano posible. Tenemos suerte, ya es “verano” y la temperatura llega a los 17 grados de día. Vladivostok es la ciudad grande más oriental de Rusia, justo arriba de Corea del Norte, y por su historia y situación geográfica conviven en sus barrios ciudadanos de origen coreano, japonés y chino así como del oeste del país. Sobre todo, muchos militares y diplomáticos que afianzan la mismísima razón de ser de la ciudad, poseer un puerto militar ruso en el pacífico. Compartimos la primera noche con dos de ellos, Alexander, un sargento jovencito de 22 años y Román, un coronel de 27 casado en el otro extremo de Rusia. Lo destinaron allí hace 4 años y aunque al principio estaba un poco desubicado ha acabado adorando la ciudad. Al darse cuenta de que somos extranjeros (Nada menos que ispanski!), decide que quiere enseñarnos sus rincones favoritos. Su inglés es básico pero agradable. Ya es de noche y hace un frío que pela, pero nos promete que vale la pena ver el centro y todas las glorias militares: el gran submarino y el monumento a las víctimas de la II Guerra Mundial, que fueron muchísimas, pues tal como explica Román, Rusia luchó contra Japón justo en estos lares. Quién iba a decirnos en aquél momento, que los militares nos acompañarían durante toda la primer parte de nuestro camino…

 

Es extraño. De repente nada se parece al Asia a la que estamos acostumbrados, al rostro asiático conocido. Nadie come con palillos, en los bares te ofrecen cuchillos, el arroz se convierte en patatas y las sonrisas fáciles en amabilidad estoica. Un idioma nuevo, un alfabeto nuevo, aires fresquitos, pan, queso… ¡Por fin en Rusia!

Hacemos una compra en el supermercado y nos dirigimos a la estación de tren, nerviosos, expectantes. Hemos comprado los billetes más baratos posibles, al lado del baño y en tercera clase, y sólo esperábamos tener sitio para dejar las mochilas. Ningún problema, el tren supera con creces nuestras expectativas. Quizás, después de dormir en estaciones de tren, remolques, suelos de bambú o madera, aeropuertos y colchones de piedras… cualquier cosa nos parece tremendamente cómoda, pero la verdad es que los asientos están bien. Se doblan por el día para hacer de sillas y mesa y aunque son estrechitos y están al lado del pasillo se duerme de maravilla. Hay un baño muy básico pero que tiene papel y un calentador de agua para poder hacerte cafés, tés y noodles instantáneos. La sorpresa… la sorpresa nos ha venido por otro lado. Sabíamos que la tercera clase la usaban sobre todo rusos trabajadores y familias con pocos recursos, nos esperábamos beber vodka, que no estuviese especialmente limpio y que no oliese bien, ya que no hay separación entre las camas, no hay duchas y en el vagón dormimos y comemos 54 personas durante días… Lo que no sabíamos es que coincidiríamos con todos los chicos jóvenes que vuelven a casa después de un año obligatorio de servicio militar ininterrumpido, es decir, después de un año de mili rusa.

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Salimos de Vladivostok y nuestro vagón está prácticamente vacío. ¡Qué suerte! ¡Qué limpio y bonito todo! Nos dormimos con una sensación de alegría e intimidad profunda, pero.. dura poco. El tren despierta prontito y lleno de jóvenes de uniforme, cargados con cervezas y botellas de vodka, lanzando gritos en ruso y gorros al aire. Nos levantamos, saludamos y decidimos explorar y buscar el bar, para despejarnos y mimetizarnos con el ambiente. Tenemos que cruzar al menos 10 vagones, pues bien, absolutamente todos ellos están llenos de soldados con ganas de fiesta y cargados de testosterona. Voy andando y sonrío, nerviosa, sin decir nada… Me doy cuenta de que soy la única chica joven de todo el tren, entre cientos de veinteañeros que llevan un año en el redil y se han criado en una de las sociedades más machistas del mundo. Vamos allá. Nos miran, pero pasamos sin problemas y llegamos al bar.

Tras la primera cerveza todo va mejor. Pronto estamos rodeados de un montón de gente que quiere saber cómo hemos acabado allí, de dónde venimos y si nos gusta Rusia. Sólo quieren beber con nosotros y celebrar que vuelven a casa y van a ver a sus amigos y padres. ¡Claro! ¡Vodka, good, good! Todos preguntan si somos novios: sí, sí, sí, respondo rápidamente.  Parece que el transiberiano va a ser más duro de lo que pensábamos…. Habíamos comprado tres botellitas de vodka medianas para ser los divertidos del tren y sacarlas en un par de brindis, pero no nos duran ni media tarde. Mientras, Siberia pasa por delante de nuestros ojos, tan verde, tan intensa, tan salvaje. Se ve un pueblo cada mil y hay una parada de tren cada cinco horas. No obstante, centrarse en ella es difícil. Nuestros nuevos amigos no tardan en colocarnos el uniforme militar ruso y hacernos mil fotos al grito de “Putin, Vodka, Balalaika!!”, su lema de fiesta. Les encanta que seamos de España y quieren causarnos una buena impresión. Ellos no hablan inglés y nuestro ruso, como entenderéis, deja mucho que desear, pero más o menos nos entendemos. Bebemos, miramos por las ventanas, y la tarde se desvanece sin darnos cuenta.

 

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El amanecer es menos divertido. La mayoría se ha levantado con la cara morada y los puños hinchados y hay sangre en el suelo del vagón. Ayer hubieron varias peleas y ahora que escribo esto en el ordenador, puedo deciros que se sucedieron durante todos los días. La explicación que nos dan es que “vodka y hombre” no es una buena mezcla, pero que “no problema”. En el tren hay una especie de policía militar que controla, pero les dejan un poco de manga ancha porque saben que llevan un año sin salir. Aún así, pasan y les huelen los vasos, les revisan los billetes para ver si están en el vagón adecuado y les riñen si tienen su espacio desordenado. Nos cuentan que hasta que no lleguen a casa están todavía en un régimen especial, dentro de la mili. Pasan la mañana puliendo sus cinturones, cosiéndose el uniforme y colocándose las medallas. Quieren lucir perfectos cuándo lleguen a casa y sobre todo, quieren que sus padres les vean y se sientan orgullosos. Algunos tienen novia y llevan una foto suya arrugada en un papel, dentro de una fundita de plástico. Para mi, que ninguno de mis amigos ha hecho la mili, parecen historias de otro tiempo…. A la pregunta de que quieren hacer cuando vuelvan a casa, responden todo tipo de cosas. Unos quieren conducir un tractor, otros ser ingeniero de minas, que es lo que han estudiado, otros transportistas, otros  marineros y la mayoría algo que entendimos como labores del campo. Todos tienen entre 18 y 27 años, la edad durante la que todos los hombres rusos deben hacer el año de servicio militar.

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Ante este paisaje interior un poco desolador, nos queda el consuelo de lo exterior, nada más y nada menos que Siberia. Esperábamos encontrar una especie de paisaje árido o miles de kilómetros de bosques oscuros, fríos e inexpugnables que nos ilustraran por qué Siberia era el destino de todos los criminales y críticos rusos des del siglo XVII. El castigo más severo. En cambio, pasan por nuestras ventanas miles de kilómetros…¡de jardines paradisíacos! Comienza Junio y los prados explotan con flores, árboles de troncos blancos (el símbolo de Siberia, según nos explican), grandes ríos, pequeños riachuelos y preciosos pueblecitos de madera con casas bajitas y ventanas pintadas en colores pastel. Es una explosión de color, de una vastedad infinita, que cambia dramáticamente de colores según la hora del día. Toda una vía de escape al ambiente cerrado del vagón, nos maravillamos cada vez que miramos por la ventana. ¡Nos encanta Siberia! Y no podemos sino imaginar cómo de distinta debe ser durante el invierno…

Escribo estas letras justo después de ese primer amanecer, con cierta sensación de peso en la cabeza y rodeada de todos estos chicos con resaca que se pasean en calzoncillos. El vagón está hecho un desastre e incluso hay algún vómito en el suelo, pero aquí… aquí no descansan. Mientras nos hacemos el té mañanero con galletas acaban de llamar a Jordi para beber más. “¡En cuánto acabe de escribir me uno!”, les digo. Nos esperan dos días más de trayecto hasta Irkutsk, capital de Siberia Oriental, pero mi espíritu rebelde no me dejará aquí más tiempo del preciso para acabar este texto, soy la única representación femenina en el tren y no pienso dejar a las mujeres mal paradas. Allá voy. ¡Hasta pronto!

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Inciso para aquellos a los que, como a mi, les cueste colocar las ciudades rusas en el mapa. Este será nuestro viaje. La primera etapa de tren ininterrumpida es de Vladivostok a Irkutsk, dónde estaremos casi una semana para visitar el lago Baikal. La segunda etapa será el viaje hasta Moscú, dónde terminará nuestro viaje.

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