Crónicas de tren II: los lobos del Baikal

Las horas pasan rápidas en el primer trayecto en tren. Ya es el tercer día y esta noche llegamos a nuestro primer destino. Estamos en el bar tomando unas cervezas y viendo el atardecer cuándo el tren para en Ulan Ude, una de las dos ciudades que flanquean el lago Baikal y que junto a Irkustk, conforman las dos urbes más grandes de Siberia Oriental.

Nos encontramos justo al norte de Mongolia y el desierto del Gobi, en tierras que antaño solían formar parte del país mongol. Ulan-Ude fue uno de los asentamientos nómadas más importantes del imperio de los Hunos (su capital, según la información turística local) y en su día, un paso muy importante en la ruta de la seda por la que los mongoles salían hacia el Oeste. En el siglo XVII, pasó a ser dominio ruso y se convirtió en la ciudad más antigua del país. Entre sorbo y sorbo, Jordi me cuenta todas estas historias.

Mientras, el tren sigue su camino y nos regala nuestro primer encuentro con el lago Baikal. Lo vemos pasar durante horas por nuestras ventanas, sin fin aparente, como un mar enorme que se funde con el color de un cielo cada vez más oscuro. Las formas naranjas y amarillas del atardecer explotan en nuestras ventanas… Anochece y de madrugada llegamos a Irkutsk, la ciudad que dormita al oeste del lago y nuestra primera parada.

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A pesar de ser mucho más joven que su vecina Ulan-Ude, la ciudad se considera la capital de Siberia Oriental. Una expedición de exploradores rusos la fundó como un campamento a principios del siglo XVII para utilizarla de base de operaciones en Siberia y, desde entonces, vivió una gran expansión. Tuvo su gran florecer cultural en el siglo XIX, cuando el imperio del zar decidió exiliar allí no sólo a criminales y presos comunes sino también a los intelectuales críticos con el régimen zarista. Este ambiente de pensamiento alternativo atrajo a muchos jóvenes que enseguida llenaron sus universidades y academias y otorgaron fama a la ciudad.

De esa época Irkutsk hereda las mansiones y casa de madera que la hacen tan especial. Se trata de unos edificios de uno o dos pisos que cubren todos los barrios de la ciudad, son de madera oscura, están pintados con colores vivos y pasteles y rodeados por plantas y flores salvajes y cuidadas. Las ventanas son una obra de arte y los ornamentos mezclan motivos chinos, árabes, persas y rusos, algunos de protección y buena suerte. Muchos están inclinados y un poco hundidos en el suelo debido a los largos y duros inviernos durante los que soportan el peso de kilos de nieve y hielo en sus tejados.

 

También está lleno de edificios religiosos enormes y a todo color, sobre todo iglesias ortodoxas pero también alguna protestante y al menos una mezquita. Todas fueron nacionalizadas sobre 1920 tras el triunfo de la revolución bolchevique, que a estos lares llegó un poco más tarde (triunfó en Moscú en 1917). Durante años fueron utilizadas como edificios civiles, no obstante, han sido recuperadas y a día de hoy todas están en activo y bien cuidadas.

Parece mentira encontrar tanto colorido en medio de Siberia, en medio de unas tierras que en nuestro imaginario son tan frías. Esperábamos una ciudad de arquitectura soviética, gris, y nos encontramos con una explosión de vida y cultura, con mercados, flores, gente joven a la última moda, vendedores de frutas, parques, teatros, ballets, hamburgueserías, pizzerías, un río… Hace sol y todo el mundo parece deseoso de vivir después del blanco invierno, todo florece en las calles: las gentes, las flores y los árboles. La ciudad está perfectamente señalizada para los turistas, el transporte público funciona de maravilla y tenemos la oportunidad de volver a comer quesos, panes, patatas y leche, algo que durante todos estos meses había desaparecido de las tiendas y los bares. En Irkutsk, se respira felicidad.

Nos parece que la ciudad representa, de alguna forma, la colonización rusa en la zona. Su nacimiento e historia está ligado a Rusia y su carácter es muy europeo. Esto contrasta con su vecina Ulan-Ude, que simboliza el espíritu más antiguo e indígena de estas tierras. De hecho, la ciudad es capital de la República de Buriatia, centro de la cultura buryat, cuyas gentes son nativas de la zona del Baikal.

Los buryat están emparentados con los mongoles y los manchúes y sus rasgos los delatan. En general, son más morenos que los rusos y de ojos negros y achinados, hablan otro idioma y siguen tanto la religión del budismo tibetano como su chamanismo tradicional. Nos fascinan las distintas etnias de Asia así que para conocerlos más de cerca viajamos a la isla Olkhon, corazón del lago Baikal y capital espiritual de Buriatia.

Más allá del plano cultural puro y duro, la isla es una de las maravillas paisajísticas que alberga el famoso y archiconocido lago Baikal, el embalse de agua dulce más profundo de la tierra, que contiene 1 de cada 5 vasos de agua potable del mundo. Mide 600 kilómetros de largo, una distancia similar a la que hay entre Valencia y Sevilla, tiene 20 millones de años de antigüedad y se cree que es el inicio de un futuro océano que cubrirá Asia dentro de muchos millones de años más. En sus aguas beben focas, osos, lobos y renos y su agua es tan clara y transparente que cuentan que en invierno, cuando se congela, se puede ver el fondo. Con todos estos datos aprendidos de los documentales de La 2 durante las siestas de verano, llegamos al pueblo de Khuzhir, en Olkhon, con una ilusión enorme de ver el lago al fin con nuestros propios ojos.

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Esta pequeña localidad es muy sencilla y tradicional, con sus vacas, graneros, casitas de madera y chapa y chimeneas humeantes a la hora de cenar. Cuando llegamos con la furgoneta y al fin conseguimos encontrar una estancia barata (una alcoba de madera con dos camas y una alfombra), descubrimos desde nuestra ventana que el gran lago baña las costas de Khuzhir y que decenas de animales pastan sus prados, bosques y acantilados con libertad.

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Aquí y en toda la isla, de unos 75 km de largo, no hay acceso a internet. Hay varios establos en el pueblo y de vez en cuando podemos ver pasar a trote a algún buryat con sus caballos (muy importantes para esta cultura, así como para los mongoles). Las calles son anchas y polvorientas, en toda la isla no hay ningún camino asfaltado y todo lo que se ve es la fina arena rojiza que cubre el ambiente al paso de cada vehículo. Lo más típico es ver pasar decenas de furgonetas sacadas de la URSS, funcionales, poderosas y todas exactamente iguales. Las siguen fabricando y reparando porque son buenas y fáciles de mantener; es un modelo antiguo, pero que triunfa en la zona. También vemos algunos coches viejos y desgañitados con el maletero o la tapa del motor abiertos, cosa que no nos extraña dada la agresiva manera de conducir de los locales, que derrapan y pasan a saltos por los baches que hay por todo el camino. Aquí, en el profundo Este, el ambiente nos recuerda constantemente al lejano Oeste que hemos visto mil veces en las películas.

 

Las orillas de Khuzhir y sus alrededores constituyen uno de los lugares más espirituales y sagrados de Asia. Toca hacer un poco de poesía para intentar explicar por qué. Inmediatamente al extremo del pueblo se encuentra un peñasco de formas pintorescas que se adentra en el Baikal, y que contiene la llamada cueva del chamán (Schamanka, en lengua local). Según la leyenda, 13 Noyons del Norte, criaturas divinas, bajaron a la tierra para juzgar a los humanos y vivir entre ellos. Éste fue el lugar en el que eligió quedarse Han Khute-baabay, el más viejo y fuerte de ellos. Desde entonces las gentes de toda Buriatia acuden al lugar para realizar ritos y ofrendas y visitar a alguno de toda la serie de grandes chamanes que lo han habitado a lo largo de su historia. Se erigen por todo el terreno troncos en forma de lanzas que apuntan al cielo y que los locales visten con toda una serie de trapos de mil colores, ofrendas para los dioses de la naturaleza.

 

El lugar está cubierto con un ambiente de magia y misticismo. En un día húmedo y lluvioso, miramos hacia el lago y éste parece extenderse hacia el infinito, como un mar sin final, con un sinfín de tonos azules intensos que se funden con el cielo gris en el horizonte. Al siguiente día, nítido y soleado, han aparecido justo enfrente de nuestras costas unas cordilleras de enormes montañas blancas, que son boscosas y redondeadas cerca de la costa pero picudas y nevadas al fondo. Maravillados, nos preguntamos dónde se meten en los días de lluvia, cómo pueden camuflarse tanto entre los colores del cielo.

Por toda la costa encontramos playas y acantilados, arenas que brillan, dunas, y flores de todos los colores. Hacia el interior de la isla sólo hay bosques de cuento interminables. Justo donde se mezclan con las playas hay unos kilómetros de pinos y arena que conforman un paisaje colorido, bizarro y único, por los que encontramos repartidos restos de ofrendas y rituales chamánicos. Hogueras, piedras pintadas, adornos colgando el los árboles, sangre y huesos de algún pollo o conejo sacrificados… Paseando por estos bosques no hay dirección, nadie que nos impida hacer nada, tan sólo nos queda admirar la naturaleza, gritar y desnudarnos en las costas del Baikal que nos recibe con aguas cristalinas y colores plateados.

Bueno, sí hay alguien. Tanto en el interior del pueblo como por todos sus alrededores pasean los lobos y perros salvajes que viven alrededor del lago. En realidad, son una mezcla de ambos. Algunos tienen las orejas, los ojos amarillos, el tamaño o el rabo tan característico de los lobos, pero lucen colores o rasgos de distintas razas de perro. Otros son sencilla y llanamente lobos, con sus formas y colores, pero con alguna remotaascendencia canina que los lleva a no desconfiar en los humanos y acercarse al pueblo a buscar comida o un buen rato con los suyos. Pasean por las costas olfateando, se acuestan a la sombra de un árbol, se dan un baño rápido en el lago, nos siguen, juegan con nosotros y nos molestan un rato para que les acariciemos. Estamos maravillados.

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También encontramos otra “compañía”. Se trata de decenas de cuervos negros que, cerca de la costa, han montado una escandalosa batalla campal contra las gaviotas. En los bosques, nos gritan, juntan grupos y nos persiguen para que abandonemos sus territorios lo más rápido posible (cosa que desafiantemente y con orgullo, acabamos haciendo).

Cuervos negros y lobos. Ritos, bosques y un lago que cambia de color y de forma. Caminos de arena y piedras brillantes. Casas de madera, calles vacías y escenarios demasiado en calma, como congelados por un hechizo. Una visita al Baikal es como vivir un cuento de brujas.

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