Crónicas de tren III: ¡Dentro Rusia!

 

  • Es el asiento 37, como la otra vez
  • Vale, ¿y el mismo vagón?
  • No, mira, creo que esto de aquí quiere decir vagón, vamos en el tres

El tren llega chirriando como cada vez que para. Es de noche y después de unos días de relax y magia nos esperan cuatro jornadas intensas hasta llegar a Moscú. Estamos cansados y las mochilas nos pesan, así que enseñamos los billetes y el pasaporte y subimos rápidamente a hacernos las camas con la esperanza de poder dormir. El ambiente parece mucho más tranquilo, en el vagón reina el silencio y se ven algunos niños y familias. ¡Creo que vamos a tener suerte esta vez!, nos decimos, todavía recordando los días militares y ruidosos del primer viaje.

Una señora mayor nos mira desde la litera de enfrente con esa mirada de sospecha típica de los rusos. Saludamos, desmontamos las sillas y mesas, colocamos las sábanas y nos echamos a dormir. Cuando el tren se pone en marcha, ya no nos damos cuenta… El lago Baikal nos ha dejado exhaustos.

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Despertamos con los llantos de algunos niños y el sol de la mañana brillando intensamente. El cielo es de un azul claro intenso, las nubes blancas y los bosques y prados verdes… colores nítidos, tupidos, como pintados con una brocha gorda. Miro por la ventana mientras pasan por mi lado todo tipo de personas, que hacen cola para ir al baño. Tengo ganas de saludar, “dobre utro” (buenos días), pero solo envío un par de sonrisas para tantear el ambiente que parece un poco frío y cerrado. Jordi baja de la litera, desmontamos las camas, montamos la mesa y desayunamos. En el tren hay un restaurante pero las comidas son un poco caras, así que casi todo el mundo come en el vagón. No hay neveras, ni cocina, sólo un calentador de agua para hacer tés, cafés y noodles instantáneos. Nosotros hemos comprado todo eso y algo de pan, tomates, galletas, queso y fruta. Esta vez, nada de vodka… De vez en cuando pasan las cocineras del tren con algo de repostería y bebidas que transportan en un carrito mientras saludan y conocen a la gente del vagón. El pasillo es tan estrecho que el carrito a penas cabe, pero parece que llevan años en este oficio y andan como Pedro por su casa. Cada vagón tiene un cuidador que lo limpia y mantiene el orden. En nuestro caso es una chica jovencita con bastante mala leche que como no habla inglés no se comunica nada con nosotros.

El tren para aproximadamente cada 5 horas durante algunos minutos, para revisar el estado de las ruedas y que los pasajeros estiren un poco las piernas. Cuando esto ocurre, aparecen de la nada decenas de vendedores ambulantes que esperan a que la marabunta baje al andén. Son sobre todo mujeres que han cocinado bollitos y pescados y los venden en bolsas de plástico para sacarse unos rublos. Sienta bien respirar aire fresco, aunque los primeros minutos se respira sobre todo humo de los cigarros que tanta gente estaba deseando fumar. Bajamos, estiramos las piernas y el sol mañanero nos recibe con alegría. Es domingo y todo el mundo parece más contento de lo normal. ¡Un domingo soleado en Siberia! Los niños corren de aquí para allá y hay una cola larguísima en el puesto de los helados, sobre todo de adultos y ancianos. A los pocos minutos, casi la mayoría de pasajeros lleva en la mano un polo. Miramos a ver si divisamos algún turista con quien entablar una amistad y hablar un poco de inglés. No parece el caso, a la próxima, pensamos.

 

El día pasa tranquilo, demasiado tranquilo. Leemos, escribimos y pensamos en el viaje… De vuelta a Europa, ¡qué aburrido parece este tren comparado con los de Birmania, en los que había tanta gente, tanto color, tantas conversaciones en el aire! Los paisajes empiezan a cambiar un poco, los árboles son más viejos y se ven pueblos más a menudo. Pero la sensación de infinidad es la misma: Rusia está cubierta de bosques desde Vladivostok hasta Moscú. Bosques infinitos que florecen con la llegada del verano, taigas y lagos y ríos creados por la nieve derretida. Flores blancas que crecen muy juntitas y cubren todos los prados como un tapiz. Hasta vemos dos ciervos, como en los cuadros románticos. Las horas pasan bastante rápidas a pesar de la absoluta normalidad del día. Las horas…

  • ¿Sabes qué? En el tren los días son de 25 horas en vez de 24.
  • ¿Cómo? – Jordi siempre me sorprende con sus cálculos y curiosidades –
  • Sí, por la franja horaria- me explica-. Vamos añadiendo una hora cada día conforme nos acercamos a Moscú: recorremos cuatro franjas horarias en cuatro días. Así que el día es más largo.

 

No tenemos batería ni hay relojes en el tren, así que nunca sabemos que hora es. Comemos cuando tenemos hambre, dormimos cuando tenemos sueño… Pero por el desajuste horario, a veces acabamos cenando a las 3 (que serían las 7 de Vladivostok) y levantándonos a las 6 de la mañana… Rusia es tan grande que el tren atraviesa 7 husos horarios, así que es difícil llevar la cuenta. Después de hablar de todas estas cuestiones, de jugar a las cartas, leer un rato y enfadarnos porque el baño está cerrado más tiempo de lo normal, decidimos ir al bar.

  • ¿Crees que esa chica es rusa? – en la mesa de al lado está pidiendo la cena una chica de pelo negro y ojos rasgados-
  • No lo sé, escucha a ver si pide en ruso
  • Mira, señala el menú, creo que habla en inglés- ¡vamos allá!
  • Hello! Where are you from? Quieres sentarte con nosotros?

Así es como conocimos a la única turista que comparte tren con nosotros. Se llama Yiseul y es coreana, viaja a Moscú a visitar a una amiga que estudia allí música desde pequeña y se está preparando las oposiciones para ser profesora de política y ciencias sociales. Está feliz de hablar inglés por fin y tener una conversación decente. En el bar hay más gente pero ninguna mujer. Todos beben cerveza y nos miran con curiosidad, hasta que al final se lanzan al ruedo y envían a algunos “emisarios” para hablar con nosotros. Son un grupo de mineros dedicados a la extracción de oro que vuelven a casa después de jugar un torneo deportivo de voleibol, fútbol y artes marciales. Ninguno tiene más de 24 años y sólo uno habla un poco de inglés: Víctor. Es ingeniero y arregla las máquinas de la mina. Nos confiesa que es la primera vez que habla con extranjeros y está muy feliz. Sonríe mucho y nos cuenta que sus abuelos son coreanos pero se mudaron a Rusia en su juventud. Tiene el pelo negro, los ojos un poco rasgados y esa sonrisa tan familiar y escasa en estos lares, así que no puede esconder sus orígenes. Su nombre completo es Kim Victor Antoniovich…

  • En Rusia -nos cuenta- todos tenemos tres nombres. El primero es el apellido de la familia del padre, el segundo es el nombre propio, y el tercero es el nombre del padre con la terminación “ich”.

¡Por eso hay tantos “ich” en Rusia! ¿Y de la madre, ni apellido ni nombre declinado? La familia materna no queda representada, pero a nadie parece interesarle. Cambiamos de tema. Bebemos algunas cervezas y hablamos de política, de Rusia, de Corea. Cuándo Yiseul mira la hora en su Iphone 6, último modelo, no damos crédito. ¡Es ya medianoche y el cielo brilla como si fuesen las 7 de un buen verano! Se trata del “sol de medianoche”, un fenómeno que ocurre en las tierras más cercanas al Polo Norte durante los meses cálidos. Al igual que en invierno tienen pocas horas de sol, en verano tienen pocas de oscuridad, y cuánto más al norte ocurre con más intensidad, hasta el punto de no llegar a hacerse de noche durante el verano. Miramos por la ventana pero no acaba de oscurecer, vemos las siluetas de los árboles y los pueblos que pasan. Es la primera vez que veo una luz así, por la noche… “¡Salut! ¡Nasdarovia!, ¡por el sol de medianoche!”.

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Así pasan los días de rutina en el tren, tranquilos por el día y más animados por la tarde. Cada vez las paradas son más frecuentes y hay más movimiento de personas distintas. En nuestro vagón hay bastantes parejas y familias. Justo a nuestro lado, una chica joven lee una revista de cotilleo y moda. Tendrá veinitantos años, va bien vestida y ha estado media hora haciéndose el pelo y maquillándose esta mañana. A su lado está su pareja, que lee una revista de coches y está en calzoncillos, cómodo para un día de tren. Observar el comportamiento de la gente del tren es como ver un retrato de la Rusia patriarcal, con esos roles tan diferenciados entre hombres y mujeres. Las madres hacen cola en el baño para lavar los potitos y biberones de sus hijos, no sabemos quiénes son los padres porque no los vemos. Quizás no están en el tren, quizás están durmiendo. Las camareras y cuidadoras del tren son todas mujeres, con excepción de dos hombres y es el primer país en el que cuando bebemos Jordi tiene un poco de miedo de ir al baño y dejarme sola. En Irkutsk, en Okhlon, en el tren “militar” y más tarde en Moscú, como averiguaría en breves, se han sucedido episodios que justifican su desconfianza. No sabemos cómo es vivir aquí, ni tenemos Internet para ver las estadísticas y números, pero Rusia se presenta ante nosotros como una sociedad muy machista, dónde las mujeres sólo se respetan si son propiedad de alguien y dónde los hombres, como más tarde nos dijo un amigo espontáneo en la capital, tienen prohibido llorar.

Como es de esperar, en el bar no hay mujeres y menos bebiendo. Pero hay buen ambiente y es nuestra última noche en el tren, así que estamos de celebración. Nuestros amigos mineros han bajado ya en su respectiva parada pero se nos une un nuevo amigo. Se llama Valentín y, como no os extrañará, es militar. Ha estado 3 años de servicio en la marina de Vladivostok pero ha recibido un aviso de traslado a Crimea, a dónde se dirige porque “necesitan gente nueva”. Hablamos un poco de la guerra de Ucrania y las razones de Rusia para anexionarse Crimea. Nos dice que él nació en Sebastopol, la capital crimeana, y que toda su familia votó en el referéndum por la anexión de su tierra a Rusia. “La mayoría de la población es rusa y si miras a la historia… pertenecemos a este país. Khruschev regaló Crimea a Ucrania en el contexto de la URSS porque todos éramos uno, una vez la URRS terminó tenía que volver a quién pertenecía”, nos explica. No entramos en más detalles porque Valentín encuentra un poco difícil dar más explicaciones en inglés, pero nos invita a ir a su tierra de visita porque “es preciosa”. No sabemos cómo ha podido servir para el ejército ruso durante tanto tiempo si Crimea no volvió a ser Rusia hasta 2014, pero no conseguimos saber el porqué. Bebemos algunos tercios más, nos preparamos los últimos noodles instantáneos y montamos por última vez nuestra cama del transiberiano. Miramos, también por última vez, el atardecer que nunca oscurece: los colores son tan rojos y rosados que parece que los árboles vayan a arder en cualquier momento… Dormimos y al día siguiente, por la mañana, llegamos a Moscú.

 

 

¡Por fin! La ciudad roja, la capital de la antigua URRS, las estaciones de metro más bonitas del mundo, el Kremlin, las basílicas… Bajamos del tren, hacía buen tiempo y la estación estaba llena de gente, ¡qué alegría! Con lo fría que nos la habíamos imaginado y descubrimos que… espera, espera un segundo… este no es uno de esos casos en los podemos romper estereotipos. La verdad es que a los cinco minutos de estar en Moscú ya descubrimos lo que corroboraríamos mejor durante toda nuestra estancia : es cara y cuesta hacer amigos.

Conseguimos encontrar un hostal para dormir barato (300 rublos por persona, unos 4 euros la noche) en el centro y nos dirigimos allí con la mejor de nuestras sonrisas. Se trataba de un lugar dónde vivía gente rusa de bajos recursos con los que compartíamos habitación, baño y cocina. Nos miraron extrañados. ¡Dobre Utro! (buenos días), una frase sin respuesta. “Estos moscovitas nos van a costar un poquito más que gente de otros países”, nos decimos con rintintín y un poquito de preocupación. Dejamos las mochilas y nos vamos.

Moscú es preciosa y, si te evades, consigues olvidarte de las cargas largas y las respuestas guturales y enfurruñadas de sus gentes. Las calles grandes y coloridas, las cientos de basílicas y catedrales, los jardines perfectamente decorados y ambientados, las ferias medievales que cubren las zonas peatonales. Paseamos y paseamos y nos quedamos horas admirando la plaza roja, el famoso Kremlin, el mausoleo de Lenin ante nosotros. Andamos en metro como quien va de visita a un museo, sacando fotos, leyendo todos los carteles, buscando las estaciones más bonitas y pintorescas. Nos perdimos por sus calles, visitamos los mercados más famosos y paseamos junto al río.

 

 

Pero Moscú… no se abre de forma fácil ante ti, entrar en ella cuesta mucho y sentirte parte de su ritmo es imposible. En el centro, como en todas las grandes ciudades, las cafeterías y restaurantes son elegantes y muy caros, así que intentamos salir a las afueras a buscar algo más asequible. Como solemos hacer, cogimos el metro hacia la parada Universidad, en busca de una zona de estudiantes con buen ambiente y precios mejores. Llevábamos un mal día por la frialdad del sitio e intentamos animarnos pensando en tomar unas cervecitas y engancharnos al ritmo de la ciudad….pero no, el barrio estaba vacío. Caminamos y caminamos y fue imposible encontrar un bar, una taberna, un lugar dónde sentarnos a pasar la tarde y conocer gente. Llovía, pedimos unos panecitos para merendar en una especie de panadería y el dependiente nos habló fatal, a pesar de que intentamos pedir las cosas en el poco ruso que habíamos aprendido. Volvimos sin cervezas ni amigos y con ganas de cambiar de aires. Y es que Moscú es difícil. Al menos, según nuestras experiencias. Por supuesto para gustos hay colores y os animamos mucho a visitarla, pero para nosotros, es una de las ciudades en las que más nos ha costado encontrar el disfrute.

Al final, todo hay que decirlo, las gentes del hostal empezaron a sonreírnos un poco más, encontramos un par de bares baratos con buen ambiente y algunos amigos que nos hicieron la estancia mucho más agradable. Descubrimos que hay mucha música por las calle en fin de semana, y que en momentos climáticos los rusos pueden llegar a sonreír e, incluso, echar unos bailes. Empezaron con mal pie, pero los cinco días que pasamos en Moscú tuvieron un final feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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